Los bobos y la mala suerte

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***Hay días en que uno sale a buscar comida y termina encontrando solamente mosquitos.

Trabajo cerca del mar. Desde allí suelo ver a los pescadores que se acercan con sus tarrayas, buscando alguna mancha de sardinas. Los miro a menudo, pero nunca me había animado a acompañar a uno. Hasta hoy.

La idea era sencilla: si cogía algo, me daba unas cuantas y yo podía llevarlas para la casa. Comer algo diferente. En estos tiempos, en Cuba, cambiar el menú ya es casi una aventura. Uno no se pone exquisito. Si aparece algo que echar en la cazuela, se agradece.

Salimos con el sol todavía arriba. El pescador iba mirando el agua como quien intenta leer un periódico escrito en un idioma que solo él conoce. Yo miraba también, aunque seguramente no veía más que agua.

—Las aves te dicen dónde está el pescado —me explicó—. Cuando hay sardinas, ellas se tiran.

Y allí comenzó nuestra vigilancia.

Veíamos una gaviota y le caíamos atrás con la mirada. Si se acercaba al agua, nos ilusionábamos. Si levantaba vuelo, la seguíamos como dos desocupados persiguiendo una noticia. Pero nada. Las gaviotas daban vueltas, planeaban, se alejaban. Ni una señal convincente.

—Cuando lleguen los bobos, ahí sí sabremos —dijo el pescador.

Los bobos, según me explicó, eran los pelícanos. Esos sí que no engañaban. Cuando veían sardinas, se lanzaban de cabeza al agua y salían con el almuerzo resuelto.

Me quedé esperando a los bobos.

El mar seguía igual. Una extensión enorme de agua que no tenía ninguna obligación de darnos nada. El pescador observaba. Yo observaba al pescador. De vez en cuando alguno decía que parecía haber movimiento, pero eran falsas alarmas. El hambre tiene esa mala costumbre de hacerte ver cosas donde no hay nada.

Pasó el tiempo.

El sol comenzó a bajar y nosotros seguíamos allí, con la tarraya preparada y la esperanza cada vez más flaca.

Entonces los vimos.

A lo lejos aparecieron dos bobos, volando pegados a la orilla. Venían despacio, con ese vuelo pesado, casi cansado. Parecían dos trabajadores saliendo de una jornada larga, sin apuro por llegar a ninguna parte.

—Mira, ahí vienen —dijo el pescador.

Nos pusimos atentos.

Los dos pájaros avanzaban sobre el agua. Nosotros los seguíamos con la vista, esperando el momento.

—Ahí se tiran —dije.

—Ahora sí —respondió él.

Pero no se tiraron.

Siguieron de largo.

—Ahora, ahora sí —insistí.

Y nada.

Continuaron volando, sin mirar siquiera hacia abajo, como si tuvieran asuntos más importantes que atender. Se alejaron poco a poco hasta convertirse en dos manchas oscuras sobre el horizonte.

Nos quedamos mirando.

Ni una sardina. Ni un chapuzón. Ni siquiera la cortesía de una falsa esperanza.

Lo peor fue comprender que habíamos depositado nuestras ilusiones en dos animales que ni siquiera sabían que existíamos.

El pescador soltó una risa.

—Parece que los bobos también nos engañaron.

Y tenía razón.

Al final, los únicos bobos éramos nosotros.

Regresamos cuando ya estaba oscureciendo. El cuerpo lleno de picadas de mosquitos, la ropa con olor a mar y las manos vacías. El pescador recogió sus cosas. Yo regresé a casa con la misma comida que había dejado, solo que con más hambre y una historia que contar.

Los bobos deben haber comido en otro lugar.

Quizás encontraron una mancha de sardinas más lejos, donde nadie los esperaba. Quizás simplemente tuvieron más suerte que nosotros.

Pensándolo bien, hay cierta semejanza entre aquellos pájaros y uno mismo. Todos vamos siguiendo señales, esperando que algo aparezca, que el día no termine igual que empezó. A veces nos pasamos horas mirando el horizonte, convencidos de que la próxima oportunidad viene volando hacia nosotros.

Y cuando finalmente aparece, sigue de largo.

Pero mañana habrá que volver a intentarlo.

Porque en Cuba, a veces, uno no sale a pescar por gusto.

Sale porque hay que comer.

Y porque, aunque no haya sardinas, siempre queda algún bobo dispuesto a creer que mañana será diferente.


Hay días en que el mar no te da peces. Te da una lección de paciencia, unas cuantas picadas de mosquito y el privilegio de descubrir que hasta los bobos tienen mejores planes que uno.****

📷Fotografia de mi autoria mejorda con un editor *

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