Por Maldon Bensen
(Créditos: Imagen de apoyo creada con Gemini AI)
****Puerto de Raburi-8.****
Atada con varios cables oxidados al extremo del espigón de microgravedad número 9 del astropuerto orbital, la "Perla Preciosa" se mecía con parsimonia, movida por los escapes de varios cientos de ventilas ubicadas justo por debajo de su casco. En eso, una figura envuelta en un traje de vacio apareció en el extremo opuesto y avanzó hasta quedar encima del emisor desconectado del puente de acceso.
—¿Será este el lugar?—se dijo la figura, con la voz deformada por los filtros del traje—. No creo que haya otro espigón 9 por aquí…
El joven se interrumpió y volvió a mirar el colorido panfleto en su mano y (con bastante excepticismo) dirigió su mirada a la nave espacial. Aquella vieja lanzadera uluriana, modificada a la fuerza como komanche pirata, no hubiera tenido mejor destino que ser desmantelada y hundida en algún planeta oceánico para darles una casa medianamente decente a los peces. Por nada del mundo confundiría aquella chatarra con el “glorioso navío” que anunciaba el volante, pero algo le decía qué…
— ¡Arrr, marinero! ¿Viene usted por la oferta?
La voz, chillona y directa en su casco, casi lo deja sordo.
—¿Cómo demonios ha logrado…?
—Tengo mis secretos, marinero de agua dulce—respondió la misma voz con aire de autosuficiencia—. Mi alegre tripulación tiene habilidades muy útiles con los cachivaches de la civilización. ¡Arrr!
El recién llegado levantó el panfleto.
—¿Es esta la Perla Preciosa de Los Dichosos?
—¡Correctísimo, maese novato! Veo que trae una de las mejores obras de mi cartógrafo en su mano.
—¿Su cartógrafo?—dijo el joven. Ya le extrañaba que tuviera un mapa tan preciso en la parte trasera.
—Exacto. ¡Arrr! ¡Al abordaje, mi nuevo lobo de mar!
Frente a él, el semitransparente puente de holomateria se extendió, zigzagueando por entre los cables hasta tocar una escotilla en el costado de la nave. Más que un puente, aquello parecía el garabato de un niño a tope de cafeína.
—¡Deigo! ¡Maldito truhán! ¡Devuelve el suavizador de navegación a su valor normal.
Tras una risita que sonó como si proveniera de un ducto de ventilación, el punte se volvió recto y el joven pudo al fin llegar a la compuerta, que se abrió ante su presencia.
El interior del vehículo no difería demasiado del estropicio de su exterior, a no ser por su extrema y casi compulsiva limpieza. A pesar de ello, de las rejillas de soporte vital emanaba un hedor que le hizo taparse la nariz, la boca y hasta cerrar los ojos en cuanto se quitó el casco. Tal parecía que le habían metido la cabeza en una tolva llena de quesos podridos rociados con estiércol de vaca y jugo de calcetín de albañil que hubiera pasado bajo las axilas de veinte chimpancés alimentados con cebolla cruda y pimienta fantasma.
—Ya te acostumbrarás al perfume de Deigo, amigo—sintió que le decía alguien con un vozarrón extrañamente tranquilizador a su izquierda—. ¿Cuál es su nombre, cadete?
—Raunier Vertoi. Soy de Faras-234—respondió, tosiendo y conteniendo las arcadas, abriendo los ojos poco a poco. El dueño de la voz era un tipo que recordaba un héroe de acción antiguo, vestido con una camiseta, una bandana verde y pantalones de camuflaje con botas altas. Su tamaño, cara zorruna, piel de color carmín y orejas puntiagudas le dieron las pistas suficientes para saber que su compañero no era humano como él.
—¿Eres un xenoide?
—La mayoría aquí lo somos, amigo—dijo el extraño, moviendo las orejas—. Me puedes llamar Aronmin. Y decir “xenoide” por aquí es de mala educación. Mejor dí o pregunta en nombre de la especie. Hay algunos por saqu{i que ni yo mismo sé que rayos son.
Y como respondiendo a sus palabras, un par de criaturas horrorosas que lejanamente parecían ET el Extraterrestre y Gollum con peluca pasaron arrancándose los pelos y bufando como gatos por delante de Raunier.
—Tan sólo deseo no haber visto eso…—dijo el joven, aguantando las ganas de vomitar.
—Sólo son las timoneles—dijo Aronmin como si ver aquello fuera algo normal y corriente—. Si sabes mirar para otro lado cuando pasen, estarás bien.
En eso, de uno de los tantos camarotes que daban al pasillo apareció un extraño personaje. Vestía de pirata clichetezco, con un traje de mangas abullonadas, un jubón raído, chaleco, tricornio y una pata de palo y un garfio que a todas luces se veía falsos. Hasta loro en el hombro traía el fulano.
—¡Bienvenido a mi gloriosa nave, bucanero!—saludó, mesándose su larga barba de color verde musgo. El joven reconoció al instante la voz que lo recibiera momentos antes—. Mi nombre es Obtuso Taruggo, pero me puede usted llamar Barbaverde. ¡Arrr! Soy el capitán de esta valiente tripulación…
Una tos disimulada lo interrumpió. Al mirar, Barbaverde vió que Aronmin se cubría la boca con el puño.
—Más bien un valiente atajo de cobardes, capitán—se burló el gigantón, soltando una risa ahogada.
Dedicándole una mirada asesina a su subalterno, Barbaverde volvió a llamar la atención de Raunier con una elegante pirueta.
—Ignore lo que dijo mi segundo, maese recluta. ¿Porque es usted un nuevo recluta, no? Ya que de otra manera…
De varias planchas mal puestas, rejillas y hasta macetas salieron pistolas, ametralladoras, bates envueltos en alambre de púas y hasta una motosierra oxidada.
—…tendríamos que desvivirlo en el acto. ¿No es verdad, Pitufipedia?
—Correcto, capitán—dijo Aronmin, luego de poner la cara más relajada del mundo mientras amartillaba un AK-47 con silenciador.
Asustado, Raunier puso el volante delante de su cara como si fuera un escudo.
—¡Sí lo soy! ¡SÍ LO SOY! ¡NO ME MATEN, POR FAVOR!—chilló, temblando como una hoja.
Con un chasquido, Barbaverde hizo desaparecer de la vista todas las armas incluida la de Aronmin y volver todos los mamparos del pasillo a su lugar correspondiente. Raunier pudo jurar que alguien con fuerte acento alemán gruñía molesto una queja en galacto estándar desde el otro lado de la pared.
—Bien dicho, grumete. Acompáñeme entonces.
El trío se adentró por los pasillos de la nave, que Raunier notó enseguida que parecía más grande por dentro que por fuera.
—¿Tiene alguna experiencia de combate, grumete? Nos hace falta gente que aunque sea dispare hacia los navíos mientras nos lanzamos al abordaje.
Raunier negó con la cabeza.
—So-sólo sé usar un táser de defensa personal, ca-capitán. El volante decía que no se necesitaba experiencia. Que para ser un pirata espacial sólo había que existir. Mis finanzas no han estado muy bien últimamente, así que…
—¡Magnífico!—celebró Barbaverde, interrumpiéndolo—. Entonces no le molestará que llamemos a una instructora para que le enseñe algo de defensa personal, ¿cierto?
Raunier se encogió de hombros. A fin de cuentas, le haría falta ganar un poco de músculo si quería viajar por el espacio asaltando naves que, por supuesto, intentarían defenderse.
—¡Jronstyyyy!—llamó, casi con armonía, Barbaverde.
Al sonido de su voz apareció lo que en un primer momento Rauniér pensó era un hombre muy musculoso y alto. ¡NO! ¡Era una mujer demasiado musculosa y alta! Su piel parecía hecha de cemento industrial y su largo cabello blanqueado con lejía. Vestía un pantalón caqui y una camiseta que dejaba ver unos brazos más gruesos que sus muslos. Sus ojos con pupila en forma de cruz lo taladraban como quien mira un filete.
—¡Jeirr, kapitánn!—saludó la “damita”, con una voz que sonaba como un bulldog masacando gravilla por culpa de la máscara de respiración que cubría su boca y su propio acento—. ¿Este serr el nuevo grrumeten que llegarr a schiffen? ¡Io entrenarr bienn, jeirr kapitannenn! ¡Venirrr conmigo!
—Nonononoó…—intentó detenerla Raunier, pero la bestia lo agarró de una pierna y se lo llevó a rastras y chillando improperios por un corredor.
Risueño, Barbaverde de dió un codazo a Aronmin, que soltó una risa cómplice.
—Si sobrevive, ese grumete no va a querer ver un grietsh otra vez ni en fotos.
Una hora después, Raunier lograba escaparse de la sesión de tortura que aquella loca salvaje llamaba “entrenamiento”. Reducido a un estado lamentable y con el noventa por ciento del cuerpo pidiendo auxilio a gritos, el humano se arrastró como pudo fuera del gimnasio.
—Un…un médico—gimió, mirando a todos lados con desesperación.
En eso, su vista borrosa chocó con el símbolo de enfermería. Pensando que estaba salvado, se incorporó y abrió la puerta.
—Oh. Parece que ha llegado en buen tiempo.
La voz era extraña, un poco chirriosa, pero prefería eso a pasar otro segundo más escuchando los ladridos de su “instructora”. Un par de manos que sintió demasiado duras lo alzaron y llevaron a donde le pusieron una luz muy brillante que le hizo parpadear. Su vista se enfocó entonces…y ahí mismo se aterrorizó aún más. La luz encima de él era un viejo foco de cirugías con tres bombillas rotas, del que colgaban plumas, cuentas, cráneos y cabecitas reducidas con los labios cosidos. A su alrededor había un montón de mujeres alienígenas de piel roja vestidas sólo con taparrabos bailando con lanzas y hachas de piedra como si aquello fuera una ceremonia aborigen. Detrás de ellas todo estaba cubierto de cráneos, altarcitos chamánicos, idolillos de la fertilidad o vaya a saber Dios qué cosas de brujería de alguna especie alienígena equis. A sus pies, el único hombre llevaba su cabeza cubierta por una capucha verde y se inclinaba sobre un inmenso caldero rodeado de tomos arcanos de los que salían corrientes de energía mística. Al girarse, a Raunier casi le da un ataque: los ojos de aquel brujo brillaban como ascuas verdosas.
En eso, la puerta que daba al pasillo se abrió y por ella entró Barbaverde, que al ver al extraño brujo sosteniendo un cuchillo a punto de sacrificar a Raunier gritó, hecho una furia:
—¡Abráse visto, salvaje de pacotilla! ¡Ese es mi grumete, cerebro de cocotero! ¡Quítale las manos de encima!
Molesto, el brujo soltó una serie de chirridos de insecto gigante.
—¿Grrumete? ¡Kkkkk! ¡Yo pensaba kke era mi sakkrificio mensual al Grran Tukk´Tu, kkapitán!
—Pues sí, brujihormiga imbécil. Sólo que nuestra jefa de seguridad le ha hecho un poco de cariñito y lo ha dejado bastante maltrecho. ¿Podrías, por una vez, ganarte lo que te pago como médico?
Suspirando, el brujo hizo un movimiento de manos extraño y pronunció varias palabras. Raunier sintió como todos los huesos se le recomponían, sus luxaciones se acomodaban y el dolor se iba con buen aire para algún lugar lejano.
—Te presento al médico de la tripulación, Gueli-no-sé-qué-cosa.
—Ghelin-Hecont-Danent, kkkk—lo corrigió el brujo, chasqueando sus mandíbulas como si fueran pinzas—. Y usted no me paga, kkkk, intento de kkapitán de pacotilla…
Agarrándo a Raunier por la espalda y apartándolo del brujo, Barbaverde lo sacó al pasillo.
—Creo que mejor te llevamosa otro lugar para que veas tus aptitudes, ¿no crees, marinero?
—¿Por qué no lo mandas de práctica de tiro conmigo?—sugirió Aronmin, que llegó junto a ellos.
Raunier asintió con la cabeza. Se fiaba más de aquel tipo tan servicial que de lo otro que pudiera lanzarle aquel estrafalario capitán.
Barbaverde lo miró de medio lado.
—¿En serio? Mi lugarteniente suele ponerse un poco…intenso con sus armas favoritas. Está bien. Te deseo suerte, marinero.
Y con esto le dio un empujón y los dejó solos
CONTINUARÁ