imagen generada con inteligencia artificial por autoría propia
Aún el día de hoy me haces caminar 56,4 metros para llegar hasta ti, y es que siempre has sido así. Recuerdo que en nuestra primera cita se te destapó el tarro de mostaza en la hamburguesa, y yo, para que no te sintieras avergonzada, decidí inundar la mía también; así pasamos la velada con un buen ardor estomacal. Hasta recuerdo cómo tardabas en escoger las mejores fresas recorriendo cinco supermercados bien lejos uno del otro, al punto de que creyeron que nos las estábamos comiendo a escondidas. Al dormir, solías olvidar que compartíamos la cama y te aferrabas a toda la cobija en las noches más frías. ¿Y cómo olvidar que siempre estabas ahí para consolar a nuestros hijos cada vez que yo intentaba enseñarles algo?
Pareciera que estuvieras ahí solo para llevar la contraria a donde fuera que yo quisiera ir...
—abuelo, ya tenemos que irnos —escuché a mi nieta hablar detrás de mí mientras ponía su mano en mi hombro.
Sujeté mi bastón con fuerza para levantarme, besé la rosa roja que aún tenía gotas de rocío sobre tu lápida fría y te dije:
—Te veré pronto, mi dulce caos.