A punto estaba de ser sacrificado cuando un resbalón en el excremento del gallinero, que compartía con el resto de sus congéneres, cambió la historia del pollo Roberto.
La brutal caída le dejó las dos patas fracturadas, por lo que el pobre animalito quedó totalmente postrado, y solo podía sostenerse en una extraña posición, sentado y con el espinazo erguido.
Al verlo en aquella singular pose, Benito Pérez, leal capataz de la finca donde estaba el gallinero, quedó prendado de la inusual imagen…
No sé sabe por cuál misteriosa circunstancia la inocente mente de Benito evocó una deidad salida de alguna de las tantas historias con que su abuela alimento los años de la infancia.
Benito tomó a Roberto en sus brazos, lo apartó del resto de los animales y comenzó a prodigarle todo tipo de mimos, en las mañanas lo limpiaba con afán, luego lo paseaba por el patio para que tomara el sol, y a todas horas estaba pendiente de mantenerle una suculenta ración de granos…
Mientras más veía a Roberto, más se convencía Benito que aquel pollo sentado era la encarnación de un ser sobrenatural…
Un buen día el solícito capataz pensó que debía hacer justicia al elevado carácter espiritual de Roberto y construyó un altar en la zona más alta del gallinero…
Desde entonces el descalabrado pollo, reconvertido en deidad, pasa los días sentado en su gran trono, mirando el trajinar del gallinero mientras disfruta del tazón de maíz con el que lo obsequia Benito…
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