Hoy es sábado y estoy burda de emocionado porque voy a invitar a mi novia a un bonche. Ella se llama Yuleika y es la chama más bonita y loca que he conocido. El Bochinche es en la casa de un chamo que vive cerca del parque, así que podemos ir a pata y gozarnos del sol y la brisa.
El único requisito para ser aceptado en la fiesta es llevar un clavo. El clavo es para la ropa.
Me levanté full temprano y me preparé para el épico día. Me puse mi pinta favorita, unos jeans y unos pies de goma. Me pasé el rastrillo, me cepillé el juego de comedor y me eché un poco de huele, huele.
Luego, llamé a Yuleika por el celu y le dije que la pasaría a buscar a las cuatro de la tarde. Ella me dijo que estaba más alegre que chamo comiendo chucherías porque iba a salir conmigo y que ya tenía lista la pinta que me gusta.
Salí de mi casa contento, pero me dio una pálida arrechísima y me tuve que regresar. Parece que el mondongo me cayó mal. Resolví el asunto en el trono y salí de nuevo.
Camine por las calles con un pocoton de gente y de varias pintas. Vi a los chamos jugando en las plazas, a los buhoneros atravesados ofreciendo su mercancía y las cornetas de las tiendas a todo volumen junto con alguna que otra camionetota con sus cuatro buenas patas. Todo estaba de pinga.
Llegue a la casa de Yuleika y toque el timbre. Ella salió a abrirme y me quedé como en la foto. Estaba bella preciosa con su faldita negra, su pelo suelto y sus paraparas de ojos. Me brincó encima y me dio la mamá de los besos. Le dije que se le veían los jugueticos que me encantan. La chama se puso como un tomate.
Salimos y empezamos a darle pata para el bochinche. Éramos unos loros, nos cagamos de la risa y nos miramos con ternura. Naguara, nos sentimos felices y enamorados.
Pero cuando estamos llegando al parque, el cielo se puso negro y empezó a llover. El palo de agua nos mojó en segundos. Corrimos a buscar refugio bajo un árbol, pero no sirvió de mucho.
Estábamos mojados y temblando de frío. Además, nos dimos cuenta de que así no podíamos llegar al bonche. Eso sí que fue chimbo.
Yuleika me miró con tristeza y me dijo: cónchale, porque la vida era así. Que tenía muchas ganas de echar un pie conmigo y de pasarla bien. Yo le dije que no le parara, que no se pusiera popy, que lo importante era estar juntos y que seguro haríamos cositas.
Le propuse ir a mi casa y achantarnos allí hasta que pasara el palo de agua. Le dije que podíamos ver una película, navegar o echar un camarón. La chama aceptó con una sonrisa y me dijo que la idea le parecía fina. Nos apurruñamos para darnos calor y salimos corriendo bajo la lluvia. Llegamos a mi casa, empapados pero contentos.
Entramos y nos secamos. Luego, nos cambiamos las pintas por unas secas que tengo. Yuleika se puso una camiseta mía y un short mal amarrados pero que se le veían finos. Yo me puse un mono.
Nos sentamos en el sofá de la sala, subimos las patas y encendimos la tv. Buscamos una película para ver, pero justo cuando la encontramos, se fue la luz. Nos quedamos como José Feliciano y Bernardo.
La chama se acercó a mí y me abrazó. Me dijo que no le importaba la película ni la luz ni nada más. Que solo le importaba yo. Yo le dije lo mismo y le bese la frente de camión. Luego, le bese los labios con suavidad y me di cuenta que la bichita no se lavó la jeta.
Ella me dijo que se le olvidó porque la catira apareció loca de perinola, pegando gritos porque el novio la venia persiguiendo desnudo con el yoyo bailando de un lado a otro.
Recordé que ese guaro siempre estaba en un guiso que lo hacía ganar billuyo y se la pasaba invitando a todo el mundo. No es pichirre, pero es una ladilla.
Le dije a la chama claro y raspado, que esa molleja de la jeta sucia no me la iba a calar. Así que saqué una guarapita y listo se acomodó el asunto.
Nos besamos con pasión durante un rato. Cuando ya tenía el bicho montando la carpa, oímos un ruido en la puerta. Nos separamos asustados y vimos entrar a mis viejos con unas bolsas y pizza.
Ellos nos miran sorprendidos y nos saludaron. Dijeron que se suspendió su viaje y que habían traído pizza y helado para cenar. Que se alegraban de vernos y papá preguntó quién era la chama.
Yo le dije que la chama era mi novia y que la quería mucho. Yuleika les dijo que era un placer conocerlos y que me quería mucho, que jamás me cortaría las patas. Mis padres sonrieron y nos invitaron a la comilona con ellos.
Nos sentamos en la mesa y comenzamos a comer. Hablamos de la lluvia, de la fiesta, de películas, de todo. Nos reímos, gozamos un puyero.
Mi madre me preguntó que si deseaba más pizza, y le respondí que era suficiente con el triángulo que me había dado, porque andaba de chorro a coliseo por culpa del mondongo.
Seguidamente le hizo la misma pregunta a Yuleika y la belleza salió de safrica y muerta de hambre diciendo que sí.
Papá sacó una botella de curda inglesa que había comprado y mientras la destapaba nos comentó que en la licorería había un bululú porque agarraron un choro que se había robado unos churupos.
Esa curda como que estaba puyada. De inmediato nos prendió a todos. Tanto así que nos pusimos a echar un pie con la música del celular y mi chama parecía un trompo; estaba sarataca.
Yuleika me miro con amor y me dijo que era el mejor día de su vida. Yo le dije que el mío también. Nos besamos y nos abrazamos. La luz volvió y todo se iluminó.
Lo que me gustó de todas estas palabras, es que me recuerdan que nosotros, los venezolanos, siempre, estamos chévere.
Imagen gif del cerro Ávila que aparece en las letras, es de mi propiedad.
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