Un Día de San Juan cualquiera en Venezuela. Mi primero después de muchos años sin estar en la ciudad de Caracas, donde vivo hace casi un año. El día anterior les decía a mis colegas en un tono gracioso ¨Pilas que mañana llueve,¨ como es costumbre en los días de San Juan, o por lo menos siempre es así en mi pueblo de origen, San Juan de los Morros. Y en efecto, amaneció lloviznando y se mantuvo así durante toda la mañana.
A las 4pm salí de casa, un amigo ¨casi algo¨ quería que nos viéramos y como no tenía nada que hacer pues acepté la salida. Sólo íbamos a conversar con un café, y me dijo ¨Vamos a donde tú quieras, yo solo quiero estar contigo¨; estaba deprimido, como muchos venezolanos hoy en día, con sueños y aspiraciones ralentizadas por la pésima condición salarial del país. Subimos a la plaza del Centro Comercial a fumarnos un cigarrillo y allí una presencia incómoda, tanto así que me dijo ¨Vamonos¨ y me monté en la moto en la que dije que jamás me montaría. Recorrimos las autopistas de Caracas, llegamos a Plaza Venezuela, guardó su instrumento en el trabajo de su mejor amigo, y nos fuimos a la Esfera de Jesús Soto.
Nunca había estado allí, solo de pasada, y le pregunté "¿A qué viene la gente acá?" y me respondió: "A besarse" seguido de una gran carcajada. En realidad la gente va a grabar videos, a relajarse, y a compartir en pareja o en familia. Eso hicimos nosotros, largas conversaciones, abrazos y besos de ternura. De repente un muchacho empieza a gritar: "Está temblando!" y mi amigo y yo nos vimos las caras. En cuestión de segundos sentimos las primeras vibraciones y luego el terremoto arrancó en forma. Al principio yo solo miraba los pájaros; salían de todas las direcciones que rodean ese espacio en bandada, y me recordó a una escena de la película "El Núcleo". Mi amigo se levantó del banco como pudo para asegurar la moto que casi se cayó, y la calma llegó. Nos sentamos de nuevo, nos reímos, nos abrazamos y llamé a casa a mi hermana que estaba sola.
La primera réplica, luego la segunda, la tercera, la cuarta...
No nos queríamos mover de allí hasta que no pararan, pero insistí y me trajo a casa. Fuera del susto yo estaba bien, hasta que empecé a ver las noticias: 7.2 y 7.5 casi simultáneos. Luego el primer vídeo de un edificio derrumbado en San Bernardino. Caos por todos lados.
Del trabajo nos escriben para saber de cada uno de nosotros y mi jefe de fila no se reporta. Le escribo y no responde, lo llamo y cae la contestadora. Pienso "La señal se cayó, quizás me responde más tarde...". Me llega la noticia de La Guaira. Él vive en La Guaira. Dos días sin saber de él. Lloramos y nos desesperamos hasta que supimos que estaba en su casa, que no sufrió mayor daño, y que estaba bien. Gracias a Dios!. Parte de la familia de mi amigo vive en La Guaira y él fue a buscarlos, y bendecidos, los encontró y lograron salir.
No todos pueden decir lo mismo...
La tía y el esposo del Concertino de la orquesta, a esta hora, siguen bajo los escombros del edificio Palma Real. "Afortunados somos, afortunados somos para la gracia de Dios" es lo que me repito.
Pero el sentimiento de culpa está ahí. La impotencia está ahí. La rabia, la tristeza, el dolor, la ansiedad, están ahí. Todas superpuestas una sobre la otra tratando de ver cuál sale cuando.
La pregunta ¿Qué podemos hacer? Casi enseguida llegó a colmarnos la cabeza de posibilidades en las que debíamos usar la lógica:
¿Tengo fuerza física y mental para ir a levantar escombros? No.
¿Tengo templanza para escuchar gritos de desesperación y angustia? No.
¿Tengo cómo movilizarme a centros de acopio y refugios? No. El transporte subterraneo está paralizado y no tengo ni bolívares para el terrestre ni vehículo particular.
¿Puedo donar sangre? No. Prohibido por mi enfermedad.
Y así, mil preguntas más que hicieron que poco a poco cayera en la desesperación.
Decidí recolectar de mi ropa en buen estado algunas cosas que casi no usaba, más dos pares de zapatos que no me sobraban, pero alguien les iba a dar mas uso que yo, y los doné. Lloré un poquito en el proceso, por el simple hecho de saber que estaba haciendo algo, mínimo, pero significativo, porque alguien esa noche tendría ropa que ponerse. Ahí llegó lo demás, ¿Qué más hago? Eso no es suficiente! Vi que estaban necesitando insumos médicos y artículos de higiene y uso personal. Cashea al bate. 0% de inicial, un carrito y metí de todo: Centros de cama, pañales para adultos, para bebés de varias edades, crema dental y cepillos de dientes, jabón de baño, toallas húmedas, etc...ví la factura y dije "Dios proveerá". Lo entregamos al día siguiente.
Hoy un nuevo temblor nos despertó. El sacudón de la cama fue el peor despertador en muchos años. Mis compañeros y amigos cada uno ha manejado esto como ha podido. Mi amigo "casi algo" casi no habla ya, y no sé como hacer que se desahogue. Veo dolor y caos, veo hermandad y fe, veo empatía e indolencia, veo esperanza y desolación. Nos estamos organizando para hacer abordajes musicales en unidades pediátricas, refugios y fundaciones para acompañamiento emocional. Muchos hoy empezaron a trabajar, con un luto que no se explica con palabras.
La vida continúa, es cierto, pero nuestra tierra llora, y nosotros con ella...