Madre e hija, hicieron un largo viaje para visitar a la abuela. Ellas venían de la ciudad en donde podían disfrutar de todas las comodidades de la tecnología, de los servicios comunes del siglo XXI.
Esta era la primera vez que la pequeña familia, abuela, madre e hija, se reunían en la casa de la abuela, en las afueras de un hermoso pueblo en el llano venezolano. La casa estaba ubicada en un terreno amplio, rodeado de verdes prados, y era un lugar de gran belleza.
Sin embargo, el problema era que la casa carecía por completo del servicio eléctrico. Esto significaba que las tres mujeres tendrían que buscar maneras de entretenerse sin electricidad, sobre todo en las noches.
La abuela no tenía mayores cosas, lo que abundaban eran las gallinas, gatos, perros y mariposas. También una culebra que atendía el llamado de la abuela cuando esta silbaba con un tono especifico.
Llegó la noche y las tres mujeres, salieron al frente de la casa y se sentaron en unas mecedoras que tenía la abuela. Estas mecedoras al moverse con el peso de las damas emitían un sonido como el de una puerta con las bisagras oxidadas. El sonido era aterrador, como el de las puertas de las casa embrujadas.
El cielo era hermoso, totalmente despejado, las estrellas eran las protagonistas y servían de colirio para los ojos de las damas.
Pasaron las noches y el ritual se seguía practicando. Después de comer salían al frente de la casa a sentarse en las mecedoras del terror y miraban el cielo.
Hasta que un día la abuela se dio cuenta que la nieta presentaba síntomas de aburrimiento. Esto la hizo tomar la iniciativa para inventar un juego.
La abuela invitó a la madre y a la hija a jugar a las escondidas, pero no en los alrededores de la casa sino en un pequeño y oscuro bosque que se encontraba a medio kilometro de la casa. La madre y la hija aceptaron con emoción y partieron para el bosque.
La hija iba muy contenta porque saldrían de la rutina y conocerían un sitio que jamás habían visitado. Mientras caminaban vía al bosque bajo la luz de las estrellas, la abuela les comentaba las reglas del juego.
A cada una le entregó un accesorio para jugar. A la hija le dio un sujetador de papeles, a la madre le entrego una botella de champú y ella cargaría un collar con una roca que según le contó quien se la regaló, era un trozo de meteorito que había caído hace más de 100 años. Para ella ese collar significaba mucho porque se lo obsequio un enamorado que le propuso matrimonio y el día del casamiento se cayó por unas escaleras para no levantarse más.
El juego consistía en esconderse en el bosque y a la vez buscarse unas a otras. La que fuese encontrada debería entregar su accesorio. La que tuviera los tres accesorios seria la ganadora.
El juego parecía tonto, pero con lo tupido y oscuro del bosque, el juego se mostraba algo tenebroso e inquietante. Adicional a los accesorios, la abuela entregó a cada una, unas capas negras con las que se debían cubrir para dar mayor emoción al juego y hacer más difícil descubrir a la que se ocultaba.
Con una rama delgada de un árbol, marcaron una línea en el piso justo en la entrada del bosque. Antes de la línea se debían colocar las damas y al grito de la abuela, deberían correr para así iniciar el juego. Inmediatamente se armó una animada competencia entre la abuela, la madre y la hija.
Pasaron las horas como si fueran minutos y las mujeres reían, disfrutaban esconderse, buscarse, hasta que ganó la abuela. Las tres salieron del bosque y se lanzaron a la tierra agotadas de tanto reír y correr. La anciana se sentía tan feliz de haber ganado que decidió premiar a sus dos compañeras de juego con una buena limonada caliente que traía en un termo.
Las tres mujeres se quedaron asombradas por el inesperado final del juego. Por primera vez en mucho tiempo, se reunieron y rieron juntas. La abuela había demostrado lo divertido que podía ser pasar el tiempo sin electricidad.
Transcurrieron varios minutos y ellas seguían en el piso, viendo el cielo lleno de estrellas.
La hija grito:
-¿Qué es eso?
Las tres se levantaron con los ojos desorbitados para observar mejor.
Del cielo descendía un fuego a toda velocidad y se dirigía justo al sitio en que se encontraban la abuela, la madre y la hija. Las tres corrieron buscando refugio en el bosque. Una vez en el bosque, se abrazaron y cayeron de rodillas diciendo una plegaria. El terror las embargaba, nunca habían visto un fenómeno parecido.
Pasados unos minutos, la abuela decidió ir a ver que había caído. La madre y la hija, llenas de pavor, la tomaron del brazo y le dijeron que no acudiera al lugar, que buscaran otra salida para ir a casa. Pero la abuela se negó y sacudió su brazo para comenzar a caminar. Madre e hija, siguieron a la abuela, no la podían dejar sola a pesar de que estaban llenas de pavor.
Al acercarse a la cosa que había caído del cielo, observaron que era una roca del tamaño de un auto. De este cuerpo celeste salía humo de color oscuro y era muy hediondo.
La abuela expresó con tono burlón:
-Esa cosa que cayó del cielo como que es de plástico, huele feo y el humo es negro.
La madre y la hija, seguían con el pánico a todo dar y le decían a la abuela que no se acercara.
El meteorito, dejo de echar humo y su olor asqueroso dejo de percibirse. En ese momento las damas se dieron cuenta de que del meteorito brotaba un líquido color verde que llamaba mucho la atención. La abuela pidió que le dieran la botella del champú que estaba vacía y procedió a recoger el líquido. Una vez envasado el líquido verde, procedió a tapar la botella y justo en ese instante escucharon un sonido extraño que provenía del bosque.
Las mujeres se asustaron una vez más, se vieron las caras y sin decir una palabra, coincidieron en correr con dirección la casa. No se sabe cómo, pero la abuela, que fue la que arrancó a correr de última, alcanzó a la madre y a la hija y fue la primera en llegar a la casa.
La hija al llegar a la casa le pregunto a la abuela:
-¿Cómo hiciste eso, cómo pudiste ser más veloz que nosotras?
Y la madre también preguntó:
-¿Qué fue ese ruido en el bosque y que era ese líquido que envasaste en la botella del champú?
La abuela no respondió a las preguntas, solo dijo que ya era tarde y que mejor fueran a dormir.
Pero la hija se negó rotundamente, pidió que le explicaran todo lo que había pasado.
Entonces, la abuela no le quedó más remedio que decirles que les iba a contar algo que tenía guardado como un secreto.
La madre y la hija se vieron las caras con asombro y juntas cruzaron los brazos esperando respuestas.
La abuela acercó leña, encendió una fogata e invito a la madre y la hija a que se sentaran alrededor de la fogata para comenzar el relato:
-¿Se acuerdan del collar que les mostré hace horas, el que tiene un trozo de meteorito?, pues eso me lo regaló un enamorado hace muchos años. Ese enamorado no es de este planeta, él es un ser alienígena que vive en el bosque y cada verano como este, recibe correos y encomiendas a través de una meteorito que cae del cielo. Él no es malo, él me ha tratado con amor, me ha cuidado, siempre está pendiente de mí.
-Pero tu dijiste que el enamorado que te obsequio el collar había muerto. –Expresó la madre.
-Mentí porque pensaba que ustedes no sabrían entender lo de mi enamorado alienígena. –Respondió la abuela.
-¡Aja! y, ¿Para qué recogiste el líquido del meteorito? –Preguntó la hija.
La abuela tragó saliva, respiró profundo y respondió:
-Hace muchos años, estaba yo reparando el techo de la casa por donde se colaba el agua de la lluvia. Cuando martillaba, perdí el equilibrio y caí de las escaleras, golpeándome la cabeza, causándome una herida grande que casi me llevó a la muerte.
-Sigue abuela, sigue, cuenta más. –Casi que gritaba la hija.
-Al caer quedé inconsciente y al despertar no estaba aquí. Me encontraba en otro sitio que no es de este planeta.
-Eso no puede ser, eso es absurdo. –Exclamaba la madre.
-No hija, es la verdad. Fui atendida por unos seres alienígenos que habían llegado justo cuando caí de las escaleras. Ellos me atendieron y me intervinieron quirúrgicamente con su tecnología. Tres cuartas partes de mi cabeza son materiales del espacio sideral y mis huesos débiles de las piernas y brazos también fueron cambiados.
La madre se desmayó y la hija comenzó a llorar y a negar que algo así le había pasado a su abuela.
La abuela continuo mientras hacia volver en si a la madre.
-No soy la abuela que ustedes conocían, ahora soy más fuerte, tengo mi enamorado y para mantenerme en forma debo beber el líquido verde que viene en los meteoritos enviados por los familiares de mi enamorado. Por ello les gané en el juego, les gané en la carrera, soy muy enérgica.
La madre se volvió a desmayar y la hija seguía con sus interrogantes.
-Abuela, ¿es enserio lo que nos estas diciendo?, ¿Realmente no eres mi abuela?
La madre despertó, tomó agua y con cara de asustada y disgusto, le reclamó a la abuela:
¿Por qué nos has escondido esto?
La abuela siguió su relato:
-Bueno, ustedes querían saber que pasaba, estaban fastidiosas haciendo preguntas, así que decidí responderles sin importar lo que piensen. Queda de ustedes decidir que van hacer ahora.
La abuela, la madre y la hija se quedaron sentadas alrededor de la fogata, sin hablar. Todo lo que se podía escuchar era el crepitar de la leña.
Finalmente, la hija rompió el silencio y dijo:
-¡Esta es la mejor historia que he escuchado en mi vida!
La abuela sonrió y dijo:
-No hay nada como una buena historia para calentar una noche en el campo.
La madre dijo entonces:
-No sabía que el champú tenía poderes mágicos.
La abuela se rio y dijo:
-No, no lo tiene. Pero lo que sí tiene todo esto es un final inesperado que me hace reír, par de tontas. No sé qué es el líquido verde, no sé qué era el ruido del bosque, lo que si se es que yo me alimento de forma saludable y me ejercito todos los días, soy muy activa y por lo que veo ustedes dos son un par de flojas y miedosas.
Y con eso, las tres mujeres se levantaron para irse a dormir.
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@germanandradeg para Cuéntame una historia - 26 de febrero de 2023.
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