Precisamente allí, señores, cuéntese una vez, que en un diciembre un grupo de turistas festejaban un cumpleaños y fueron sorprendidos por algo en el cielo. Una gran bola metálica descendió d entre las nubes y se dirigía a gran velocidad hacia el emirato. Venía rápido y centellando colores verdes. Supuestamente cuenta un testigo, hubo un hombre que gritó en ese momento:
—¡Miren, la bola para la hora disco ya llegó!
Aparte de este sujeto, las demás personas se echaron a correr, a zambullirse o a llorar, lamentando su inesperado final. Pero cuando el ruido de la gran bola metálica más callaba el ruido del resto de las cosas, una explosión se escuchó. Al poco tiempo, la gente en el lugar pudo ver a dos hombres que se chocaron las manos y dijeron: ¡misión cumplida!
Las personas que quedaron en la isla no tardaron en preguntar: ¿qué pasó?, ¿quiénes son ustedes?, ¿y la bola verde?
Los hombres, que vestían con ropas tornasol, iban a responderles, pero se pusieron en guarde de nuevo. Un fuerte resplandor blanqueó el cielo y ellos apuntaron arriba de inmediato con unas largar armas negras. Dispararon y dispararon, pero no le dieron al blanco. No fue tan fácil como antes porque esta vez eran cuatro objetos que descendían a toda velocidad y con trayectorias irregulares. Tenían vida, al parecer: una bola metálica verde gemela a la ya destruida y tres bolas blancas más pequeñas alrededor.
Los hombres armados simplemente no podían acertar y uno de ellos decidió entonces sacar un control con un gran botón en el medio. Justo cuando iba a apretarlo, las bolas metálicas blancas empezaron a dispararles. Cayo Caribbean se llenó de gritos y explosiones. Media isla se hundía y el cielo resonaba y el mar enloquecía y ¿qué otra cosa? Ah, sí, el control de los extraños hombres cayó en manos del único turista sobrevivientes.
Como por instinto, este hombre apretó rápido el llamativo botón y del mar salió una enorme burbuja que se dirigió hacia las bolas metálicas. Esta burbuja encerró aquellos centelleantes objetos voladores y en un parpadeo las paralizó y apagó. Se quedaron suspendidas dentro de la burbuja unos segundos y luego pasó lo inesperado.
Las bolas apagadas empezaron a desmoronarse. Caían como gotas de lluvia miles y miles de pequeños objetos dorados, atravesando la burbuja que muy arriba aún estaba. Era una lluvia de Bitcoins, la criptomoneda que revolucionó la economía durante el siglo XXI. El turista estupefacto no pudo ni respirar al principio; pero, luego, se lanzó como loco al agua a reclamar su fortuna ya que no había nadie más que lo hiciera. Quiero decir, ni los hombres armados pudieron sobrevivir.
Según se averiguó, esas bolas resplandecientes contenían las más grandes reservas de Bitcoin en moneda metálica-cibernética. Fueron enviadas al espacio por sus dueños porque no había lugar seguro en la Tierra. Sin embargo, una fatal avería en su sistema de posicionamiento universal, provocó que la gravedad de la Tierra trajera las bolas Bitcoin de vuelta cuando ya se les creía inalcanzables e inapropiadas para sostener la economía mundial en el siglo XXII.
Pero déjenme decirles que quien sobrevivió aquella vez y quien se hizo con la fortuna de la ahora renaciente criptomoneda, soy yo. Yo, quien le he contado esta historia, soy el nuevo dueño que administra juiciosamente Bitcoin y sacó a Dubai de las arenas que la tragaban. Soy yo quien fue a una fiesta y se quedó con todo lo que tenía «la piñata».
En mi misión por dar algo de orden a la Tierra, he invertido significativamente en la modernización de la educación en África, Asia y Latinoamérica. También he colaborado para conseguir y aplicar finalmente las curas contra diversos tipos de enfermedades antes intratables. He acelerado la eliminación de armamentos nucleares y la progresiva desaparición de ejércitos alrededor del mundo. Y, aún más importante, he estado trabajando con todo tipo de especialistas para ayudar a la gente a buscarle sentido a sus vidas.