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Irene se dio cuenta de inmediato que las ventas no eran lo suyo de una forma demasiado irónica: a través de los cursos de capacitación de la empresa y de las ganancias a recibir... Si lograba vender.
Un trabajo sin salario fijo, una auténtica ruleta rusa que no todos se podían permitir. Menos personas como ella, cuya experiencia en ventas era muy poca en comparación con otros.
Pero la desesperación, las ganas de obtener un ingreso que le permitiera pagar un techo, servicios y comida, y el deseo de independencia absoluta, libre de dramas familiares insanos, la habían orillado a tomar ese empleo que ella proyectaba como temporal en lo que encontraba algo mejor, en especial en el área de docencia.
Ella sabía que debía movilizarse en todo lo que quedaba del mes.
¿Qué podía hacer en ese caso? Continuar buscando, asegurar un sueldo fijo o quizás rogarle a Dios por tener buenas ventas.
Suspiró con resignación mientras se levantaba de la mesa de la heladería a donde se había refugiado para pensar con detenimiento en su situación.
Ya sabría qué hacer. Por el momento, ella continuaría buscando en lo que esperaba una señal o un milagro.