Esa extendida sensación de años, ir por caminos desconocidos sin temerles.
De la insertidumbre, de darnos el regalo y dejarnos sorprender durante el tránsito de la aventura, se asoma y se queda la certeza que de ellos, los caminos desconocidos, vienen maravillas.
Curvas y curvas con picos de montañas que dan la bienvenida a las miradas de papagayos que sobrevuelan la admiración de este pedacito del Globo. En Venezuela, las tierras de Miranda, el prócer y estado, siempre lo he comparado con un laberinto. Entras por un lugar, y dejándote llevar (no hay de otra, sino, te consumes en la angustia) sales por lugares insospechados que dejan los ojitos perplejos de belleza. ¡Ah! ¡pero un momento!, puedes salir a un paisaje de montaña, con su neblina y temperatura noblemente templada, o, puedes saciarte de alegría quitándote la ropa y echándote al mar sin importar lanzarte como caigas en las olas o a un río que, seguramente, ya dejaste atrás.
En esta ocasión, nos fuimos a un rinconcito llamado Altagracia de la Montaña... ¡Y vaya que tiene gracia!. En el trayecto casitas se juntan entre largos metros para convivir la sabiduría, y las lejanas ambiciones de ostentar espacios de bulla urbana. Fabricio, un joven argentino enamorado de Venezuela se quedó en este terruño hace 11 años, manejando su gran camionetica Caribe hacia su refugio, mientras lo vemos saludar con su acento argentino a quienes el “adiooojmmm pueeeejm” (así como se lee) pregonan en su andar.
Cuando llegamos a su MA RA VI LLO SA estancia, nos encontramos en la entrada al Trapiche de Altagracia de la Montaña.
Cuentan que hace poco lo nombraron Patrimonio Histórico del edo. Miranda.
Según los que viven ahí, esta obra de arte longeva data de los últimos años de 1.800 y comienzos de los 1.900; pero lo cierto es que se mantiene joven en su altivez, como diciéndonos “mírenme, aquí estoy. Si me cuidan, duro mucho más”.
Es un obsequio a la vista para quienes apreciamos la historia que nos mantiene vivos para creer en Venezuela y crecer junto a ella. Con un calorcito agradable, pa´ más ñapa, te encuentras un río riquísimo como para espantar de un susto cualquier sofocón del viajecito.
¡El Trapiche, es una belleza, de verdad!
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Imágenes son de mi autoría, tomadas con un teléfono LG
Es un pueblito hermoso, altamente recomendado a mis amigos Steemit.