El aeropuerto siempre olía igual: a aire acondicionado pasadísimo de frío y un poco a chicle viejo. Pero esta vez, apenas Sofía se bajó del avión y puso un pie en el pasillo, lo que la cuadró fue el piso.
¡El famoso Cruz-Diez! Ella llevaba un montón de tiempo sin ver esa vaina en persona. Tres años, para ser exactos. Y ahí estaban, los cuadritos de colores gritándole en la cara. Un poco de rojo chillón, el amarillo de la bandera, el negro y el azul eléctrico.
Se quedó parada un momentico, justo donde la maleta grandota y negra (la más aburrida que tenía) le hacía sombra. Se miró los zapatos, que eran unos runners grises, de esos súper cómodos para no sufrir en los vuelos.
"Qué loco", pensó.
En su memoria, ese piso era solo una foto borrosa del viaje anterior. Pero ahora, viéndolo ahí, real y súper brillante, mientras la gente pasaba apurada, sintió como un shock de realidad. Era como si el piso le estuviera diciendo: "¡Epale! ¡Ya llegaste, boba!"
Se agachó un poquito, solo para ver cómo los colores se mezclaban. La punta de su zapato derecho estaba justo entre el amarillo y el azul. Era un límite, ¿sabes? El límite entre todo el rollo de haberse ido y el alivio de estar de vuelta.
Agarró el asa de la maleta. No era solo un piso bonito; era la señal de que ya estaba en su tierra. Le dio un último vistazo a la línea perfecta de mosaicos, respiró profundo el aire a aeropuerto que, de pronto, ya no le parecía tan helado, y se echó a andar. Había que buscar a la gente que la estaba esperando, y sabía que el caminito de colores la iba a llevar directo a ellos.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.