Este arbolito de madera no se llama solo "adorno". En nuestra familia se llama "Elvira", y tiene más de cuarenta años.
Lo trajo mi abuela, la abuela Elvira, de un viaje a Alemania en 1980. En esa época, tener algo de madera, hecho a mano y con tantos detalles, era un tesoro. Ella nunca lo puso en el árbol grande; siempre decía que era una casa, no un simple colgante, y merecía su propio lugar en el estante de la sala.
Cada 8 de diciembre, cuando armamos todo lo de Navidad, mi tío más joven saca la caja de cartón de Elvira con una delicadeza que no usa para nada más. La caja está vieja, descolorida y tiene una mancha de café de hace diez años que nadie se atreve a borrar.
El ritual es este:
La Limpieza: Primero, se le quita el polvo con un pincel de maquillaje viejo que dejó mi prima. Solo se limpia el pino, nunca las figuritas.
El Censo: Mi mamá y mis tías, que ahora son las encargadas, revisan que estén los diez inquilinos de los huecos. El ratón de madera (ese que está en el medio), que es el más pequeño y el más fácil de perder, es el que genera más nervios. Si el ratón está, todo está bien.
La Batalla de Abajo: Los tres personajes de abajo, el muñeco de nieve, el cascanueces y el soldado de jengibre, siempre están un poco sueltos. A veces se caen. Mi abuelo (el marido de Elvira) los pega cada tres o cuatro años con una gotita de cola loca, pero siempre vuelven a aflojarse. Para nosotros, si se caen, es señal de que ese año va a ser de muchos cambios. Si se quedan quietos, será un año tranquilo.
Este año, al ponerlo, el Cascanueces azul de abajo se cayó en cuanto lo pusimos. Mi tía suspiró, dijo que algo grande venía, y lo volvió a colocar con cuidado.
Elvira no es solo un adorno, es el medidor de cómo está la familia. Mientras las figuritas sigan volviendo a su casa de madera, aunque sea cayéndose o perdiendo un poco de pintura, sabemos que la Navidad nos va a encontrar juntos, como lo hizo con la abuela hace tantos años.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.