"El hombre del cable"
Yo soy vecina de Julián, campesino de Mayabeque que no conoce el descanso. Lo veo cada día doblarse sobre la tierra, sembrar y recoger como si en cada semilla estuviera la dignidad de todos nosotros. Es un hombre porfiado, de esos que no se dejan convencer ni por la razón ni por el miedo.
Cada noche, antes de acostarse, se amarra un cable pelado al dedo del pie. Dice que así sabrá cuándo regresa la corriente y podrá cocinar lo que haya. Sus hijos lo miran con recelo. “Papá, eso es una locura, no puedes vivir pendiente de un cable toda la vida”, le dicen. Pero él, sin levantar la voz, responde: “Más locura es esperar sentado a que nos resuelvan la vida.” Y se queda callado, como si la tierra misma le diera la razón.
Y sí, cada madrugada que la chispa lo despierta, el cable le sacude el cuerpo entero. El corrientazo ya es parte de su rutina, como el gallo que canta o el rocío que moja la hierba. Lo peligroso no es la descarga, sino la obstinación de seguir atado a ese método, la certeza de que no se rendirá aunque la electricidad lo castigue. Se levanta de un salto, enciende la hornilla y pone el caldero. Los hijos, medio dormidos, lo miran desde la puerta, entre el miedo y la admiración. Yo lo vi desde mi ventana: parecía un centinela, un hombre que cocina no solo para llenar el estómago, sino para recordarnos que la patria también se defiende en la cocina, en el surco, en la resistencia silenciosa.
En el campo, lo he visto detenerse frente a un árbol de mango cargado de frutos. Lo acaricia como quien reconoce un viejo amigo y murmura: “El árbol se conoce por lo que da.” Otro día, bajo la sombra de una mata de guayaba, se queda mirando los frutos verdes y dice que todavía falta paciencia, que no se puede juzgar antes de tiempo. Y cuando corta un racimo de plátanos, sonríe como si la cosecha fuera la prueba de que la resistencia tiene sentido.
Pero no todo es heroísmo. A veces lo escucho discutir con su mujer, que le reprocha que el gobierno no siempre ha tomado las decisiones más sabias, que la escasez no se explica solo por sanciones, que también aquí dentro se han cometido errores. Julián calla, aprieta los labios, y luego se va al campo a trabajar como si la tierra le diera la respuesta que no encuentra en las palabras.
En las noches, cuando la corriente no llega, nos reunimos los vecinos en el portal. Hablamos de los hijos que se fueron, de los que desde afuera no quieren ver el peso del bloqueo, de cómo esas sanciones nos han hundido más hondo en la crisis. Nadie aquí cree que sean ayuda: las sentimos como desprecio, como hipocresía. Y aunque discutamos sobre lo que pudo hacerse mejor dentro del país, todos coincidimos en que no se puede olvidar quién aprieta las válvulas del petróleo y nos deja en penumbras.
Algunos vecinos dicen que nadie está mirando la realidad cubana con ojos de salida verdadera: ni los de afuera que nos sancionan, ni los de adentro que no siempre escuchan. Cada cual tiene su criterio. Una anciana del barrio asegura que resistir es lo único que nos queda; otro vecino, más joven, murmura que hace falta cambiar cosas aquí dentro también. Yo escucho y pienso que los cubanos sabemos pensar, sopesar, distinguir. Que en lo más oscuro de la noche, cuando el apagón parece eterno, reconocemos que el árbol se conoce por sus frutos: unos ven en los mangos la resistencia, otros en las guayabas la paciencia, otros en los plátanos la urgencia de transformar lo que no funciona.
Y mientras tanto, Julián sigue amarrándose su cable, aunque siempre le dé un corrientazo, porque su verdadera locura no es desafiar la electricidad, sino desafiar el cansancio, la resignación y el olvido. Bajo la sombra de un árbol, iluminado apenas por la chispa que lo sacude, parece recordarnos que cada fruto es una postura, cada rama una voz, y que la patria —como el árbol— se conoce por lo que da.
Cuento de mi autoría.
Imágenes de archivo ANAP. Cuba.