La Habana te espera

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Sinfonía

La Habana te espera, con sus escandalosas calles, insoportablemente hartas de rugidos y calor.

Nuestra mágica y eterna dama está en vilo, esperándote, travestida, inmutable, poderosa.

No te hablaré de cuánto muere, ni cuánto se despeña entre sus muros, porque en el próximo instante –y esto lo sabemos- siempre surge la belleza. El polvo y la mugre transmutados en destellos de algún encantamiento comienzan a hablar y todo recobra el orden, el sentido.

Pero en estos días hay un viento cruel. Se siente en la noche silenciosa como un rumor de olas. A veces imagino que el mar se ha colado por alguna grieta de La Habana y ansiosa busco agua en las paredes y en el jardín.

Me toco la cara, cierro los ojos y me digo que ya, que no camine más así sobre las baldosas, arrastrando los pies. Es molesto ese sonido, y las olas afuera, como demonios…

Desde que te fuiste comencé a hablarle a La Habana. Entonces supe. Supe de su incondicional espera y su manera tan genial de extrañarte. Dice que de todos los andares diarios, el tuyo era el más exacto, que de todos los olores desperdigados en las mañanas, el de tu sien, su preferido, y que de todas, absolutamente todas las voces, la de tu garganta, la más tierna y cálida.

Cada vez que conversamos siento cómo se me estira el alma. Hay un cuadro de Dalí, o varios, donde pintó relojes, que se me parecen. Es que por más que lo intento no logro ser como La Habana, tan original y elocuente, tan paciente y sabia. Es que me derrito… como los relojes. Y esa interminable charla de olas afuera de la casa, no haría otra cosa que diluirme, si la humedad llegara a este espacio donde dices tú que tengo algún poder.

La Habana hoy me dijo que quiere enseñarme sus artes, como si yo fuera carne de su asfalto, de sus muros, de su eterna belleza. Yo me volvería piedra en la última lección, me quedaría ahí, en vilo, esperándote, como lo hace ella hoy. Pero me negué. Expliqué que tú no quieres que te espere. Y eso, sin dudas, fue lo más poderoso que encontré para justificar el desaire.

Ahora siento sed. Hay olas afuera y puede que se vayan pronto. Su piel salobre tiene que escurrirse de una vez por las mismas rajaduras que le dejaron entrar.

Yo tengo agua salvada en tanquecitos blancos bajo la meseta de la cocina.

Esa sí es mía.

Grietas


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Contenido original (texto y fotos), por nanixxx@nanixxx

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