Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Juan 15:10
Una cosa que siempre me costó entender es por qué Dios permite ciertas cosas. Por qué a veces pareciera que está en silencio justo cuando más necesitamos escucharlo. Pero con el tiempo aprendí que el silencio también es una respuesta. Con el tiempo uno empieza a verlo más claro.
La oración para mí no es un formulario que llenás con peticiones. Es más como una conversación incómoda al principio pero que después se vuelve necesaria. Como cuando llamás a un amigo que hace mucho no llamabas y hablan horas. Cada persona lo vive a su manera y a su tiempo.
A veces nos olvidamos que los héroes de la fe también tuvieron miedo. Abraham, Moisés, David, todos pasaron por momentos de duda. Y Dios no los descartó por eso. Al contrario, los usó con todo y sus miedos. Es curioso como las cosas más simples son las que más cuesta aprender.
Una de las cosas que más me costó aprender es que no tengo que merecer el amor de Dios. Porque si tuviera que merecerlo, nunca llegaría. Es un regalo, y los regalos no se ganan, se reciben. Y eso cambia la forma de ver las cosas.
Me acuerdo cuando era chico y pensaba que los adultos tenían todo resuelto. Después crecí y entendí que nadie tiene todo resuelto. En la vida cristiana pasa lo mismo: todos estamos aprendiendo sobre la marcha. Cada persona lo vive a su manera y a su tiempo.
Una de las cosas más difíciles es perdonarse uno mismo. Sabemos que Dios perdona, pero ahí quedamos nosotros con esa voz que nos recuerda lo que hicimos mal. Y eso también hay que aprender a dejarlo ir. Y eso es justamente lo que me pasó a mí.
Dios trabaja en lo invisible. Mientras nosotros medimos resultados, números, progreso visible, El está haciendo cosas en el silencio que después se van a ver. Pero hay que confiar en ese proceso que no vemos. A veces cuesta entenderlo pero es así nomás.
A veces uno va por la vida con el piloto automático. Se levanta, hace lo de siempre, se acuesta y repite. Hasta que algo rompe el ciclo y te obliga a preguntarte si lo que estás haciendo tiene sentido. Es un proceso que lleva tiempo y paciencia.
Hay días que arrancan bien y otros que arrancan mal. Pero hay algo que noté: los días más difíciles suelen ser los que más me enseñan. La comodidad no enseña mucho, la incomodidad sí. No es teoría, es algo que se vive en el día a día.
Si algo de esto te resonó, tomate un minuto para pensar en tu propia historia. Capaz hay algo que venís posponiendo, algo que sabés que tenés que soltar. No hace falta que sea hoy, pero empezá a pensar. Con el tiempo uno empieza a verlo más claro.
Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
Juan 16:33
No te compares con nadie. Tu camino es único, tu relación con Dios es personal e irrepetible. Corré tu propia carrera y mantené la mirada en Jesús.
Eso es todo por hoy. Espero que esto te sirva tanto como me sirvió a mí al escribirlo. Que tengas buena semana.