El sol se derretía como oro esa tarde, caía sobre la piel de los visitantes trajeados de negro, sobre las lápidas de los habitantes de ese mundo inhabitable para los vivos. El silencio se mantenía suspendido entre los presentes.
Cuando la urna fue introducida bajo tierra, una muchacha joven cayó de rodillas, lloraba con la cabeza inclinada. Ése gesto desencadenó el llanto en algunas de las personas que estaban, pero nadie tuvo el valor de acercarse a la chica.
En ese momento, un auto grande y lujoso llegó al cementerio. Era completamente negro, y aún así, nada discreto. Un hombre joven se bajó de él, lo que despertó los murmullos de las personas.
El muchacho caminó sin posar los ojos en nadie, con la cabeza erguida y los puños apretados. Fingía más valentía de la que sentía, pero había aprendido a controlar las emociones que dejaba ver al exterior y las que no.
En su caminata hasta el punto dónde se celebraba el entierro, algunas personas pudieron detallarlo, olvidándose por un momento de lo que habían ido a hacer, sorprendidas de compartir el espacio con una súper estrella.
El joven era más que apuesto, tal y como las cámaras lo enfocaban. Tenía la piel blanca, un poco pálida en estas circunstancias, y ojos verdes que sobresalían con su intensidad. Algunos lunares adornaban su cara, y sus cabellos miel se alborotaban con el viento.
Iba arreglado, como siempre, y desde el auto alguien bajó la ventanilla. Una cámara se asomó discretamente, sin que nadie la notara.
Algunos familiares se atrevieron a posar las manos en el hombro del artista, y el asintió por el gesto de amabilidad que parecía más bien un saludo por el tanto tiempo que tenían sin verlo.
Esa fue la caminata más difícil que tuvo que hacer en toda su vida, ningún escenario, ningún público lo había intimidado tanto como se sentía en ese momento. Tenía miedo, sentimientos encontrados y recuerdos que resurgían a cada paso que daba.
Cuando vio a su hermana arrodillada en la tierra por primera vez, se quedó observándola paralizado, sintiendo ese sentimiento particular que le atenazaba el pecho: la culpa.
Se acercó, temblando, y se agachó junto a ella, para envolverla en el abrazo que nadie se había atrevido a brindarle. La chica lloró desconsoladamente, agradecida de contar en ese momento con su hermano mayor.
El abrazo fue duradero, y ambos aprovecharon de llorar las penas que aquejaban sus corazones. La culpa que se cernía sobre el artista era como una nube oscura, y aunque a veces parecía querer derramarse, se sentía incapaz de hablar. De confesar que él había sido el culpable de tantas cosas, incluyendo la muerte de su padre.
—Lamento todo esto, Amalia —dijo—. Siento que estés pasando por este dolor de nuevo. Lo siento con mi alma.
Amalia lo miró con sus ojos tristes, del mismo color de su hermano. Era tan considerado y gentil tras esa fachada de artista alegre que sintió un profundo afecto por él, preocupándose por ella aún en esas circunstancias dónde él mismo sufría.
Cuando el entierro terminó, una a una las personas fueron abandonando el cementerio, aunque algunos no querían irse por la presencia de Darren. Finalmente se quedaron los dos hermanos solos, contemplando el montón de tierra que había sepultado a su padre.
Al rato, la bocina del auto costoso sonó. Darren se volvió, y Amalia lo hizo con él.
—¿Te vas? —le preguntó.
Por toda respuesta, Darren le frotó los cabellos y miró hacia abajo, para que no descubriera el pesar en sus ojos.
—Lo siento. Mi vida no me pertenece.
Él solía decir eso en broma, luego de volverse artista. Pero esta vez, Amalia consideró el peso de esas palabras.
—Lo que más lamento de todo esto es no poder estar contigo. Ni siquiera puedo llevarte a casa.
—Hermano no te preocupes —se apresuró a decir Amalia—. Yo también quisiera estar contigo, también perdiste a tu padre, no solo yo, así que por favor...
Darren miró el auto que lo esperaba, y antes de encaminarse hasta él, abrazó y besó a su hermana una última vez.
—Intentaré ir a casa estos días —prometió.
Los hombres que lo esperaban en el auto lo miraban expectantes, aunque Darren solo observaba el cementerio fuera de la ventanilla, para evitar ver esas miradas afiladas que se burlaban de él.
Una cámara disparó una foto tras otra, pero intentó ignorar este hecho. Finalmente, uno de los hombres habló:
—¿Ahora nos crees?
Darren le creía. Imposible que tantas muertes en la familia hubiesen sido casualidad.
No contestó. Se limitó a mirar a Amalia, inmóvil, callada, y profundamente triste. Deseaba tanto quedarse junto a ella...
—Si nos desobedeces una vez más, el peso de sus muertes seguirá cayendo sobre tus hombros. Tú decides. Ahora, tu agenda va a estar muy ocupada. El público aún no sabrá de ti por la reciente pérdida, pero debes seguir preparándote para continuar.
Darren asintió, sin mirarlo a la cara. Recordó cuando el mismo hombre que creía su amigo le había dicho que bailaría, cantaría, actuaría y modelaría todo lo que quería, como una marioneta cumpliendo la voluntad ajena.
«Si lo queremos no tienes la posibilidad de decir no, y si no lo queremos no tienes la posibilidad de decir sí».
Una lágrima amarga se escapó de su ojo. Procuró que nadie la viera, y la limpió rápidamente. Un artista debía ser capaz de controlar sus verdaderas emociones, aunque se estuvieran desbordando. Y él no quería que los titiriteros vieran a la marioneta llorar.
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