Saludos hermosa comunidad el día de hoy les traigo una historia llena de suspenso y miedo, como ya saben el género que más disfruto desarrollar, pero les guste.
Elías no soportaba la indiferencia, para él, el mundo era un escenario vacío y él era un actor sin aplausos. Caminaba por los pasillos de su universidad como un espectro, invisible para los ojos de quienes él más ansiaba cautivar.
Comenzó pequeño, inventaba historias sobre su vida, exageraba tragedias para obtener una mirada de lástima o un comentario de consuelo, pero las sonrisas de cortesía no bastaban, él quería devoción, quería que, al entrar a una habitación, el aire se cargará de una electricidad que solo él pudiera provocar.
Entonces, empezó a observar, entendió que la admiración más pura, esa que raya en la obsesión, nace del miedo mezclado con el asombro.
Su primera "obra" fue un evento en la biblioteca, saboteó las luces para que parpadearan en un patrón rítmico, casi hipnótico, mientras él, oculto en las sombras, recitaba textos antiguos con una voz que había practicado hasta dominar el tono de un augurio. Cuando las luces volvieron, todos estaban pálidos, observando las paredes donde él había escrito nombres con una tinta luminiscente que él mismo había preparado, no lo vieron, pero sintieron su presencia, durante días, no se habló de otra cosa y Elías se alimentó de esos susurros.
Pero el hambre creció.
Quería ser el centro, el único tema de conversación, comenzó a dejar "regalos" en los casilleros de los estudiantes más populares: pequeñas figuras hechas de cabello humano y uñas, encajadas en cajas de cristal. Los mensajes decían: «Sé lo que sueñas, sé lo que escondes».
El miedo se instaló en el campus, Elías observaba desde la distancia cómo sus compañeros se volvían paranoicos, cómo se juntaban en grupos temblando al menor ruido. Él se sentía un dios, un titiritero manejando sus miedos, pero, a medida que el terror escalaba, la admiración que él buscaba se transformaba en un horror visceral hacia su figura, a quien empezaron a llamar "El Fantasma".
Un viernes, en el aniversario de la facultad, Elías decidió que era momento de su acto final, quería que todos lo vieran, quería ser inolvidable.
Entró al auditorio central mientras todos celebraban, el silencio fue instantáneo, pero no de admiración, sino de una repulsión instintiva; el aura que emanaba Elías se había vuelto tóxica, una oscuridad que parecía emanar de sus propios poros. Llevaba una máscara hecha de piel animal y sus ropas estaban manchadas con algo que, en la penumbra, parecía sangre negra.
—¡Mírenme! —gritó, pero su voz no sonó humana; sonó como un coro de lamentos.
La gente intentó correr, pero las puertas estaban selladas desde afuera, había usado candados industriales, el pánico se convirtió en histeria colectiva. Elías caminaba entre ellos, sintiéndose amado por la intensidad de su terror, disfrutando de cómo cada uno de ellos lo miraba fijamente, suplicando, rezando, con los ojos clavados en su figura, había logrado lo que quería: toda la atención estaba puesta en él.
Entonces, el giro.
Elías sacó un cuchillo, no para ellos, sino para sí mismo, creía que si se sacrificaba ante sus ojos, su recuerdo sería eterno, una leyenda macabra que los perseguiría por siempre, y con una sonrisa de éxtasis, hundió el metal en su pecho.
Al caer al suelo, la piel de su cara comenzó a desprenderse en tiras, revelando no músculos ni huesos, sino una estructura de cables oxidados, espejos rotos y sombras que palpitaban como corazones. Sus compañeros, lejos de compadecerse, gritaron de horror al ver que, debajo de la piel de Elías, no había nada más que un vacío absoluto que comenzó a absorber la luz de la sala.
Elías seguía consciente, y en sus últimos momentos de "vida", pudo sentir cómo las almas de todos los presentes eran succionadas por el vacío que él mismo albergaba, el quería ser querido, pero lo que había creado era un agujero negro emocional.
A la mañana siguiente, la policía encontró el auditorio lleno de cuerpos vacíos, como cáscaras de cigarra, sin una gota de sangre ni rastro de vida, en el centro, solo quedaba una máscara de piel y una grabadora de voz vieja que repetía, en un bucle eterno, una sola frase con la voz de Elías:
«Mírenme... por favor, mírenme... ya soy parte de ustedes».
Y lo peor no fue la muerte, sino que, a partir de ese día, cada persona que pasaba cerca de ese auditorio sentía un impulso incontrolable de entrar, de mirar, de buscar algo que ya no estaba, condenados a repetir el hambre del chico que quería ser amado, y que terminó convirtiéndose en el hambre misma.