ᴄᴏɴᴇᴊᴏ

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Pixababay

La soberbia de los hombres ha desatado la guerra, ha ocurrido la barbarie y vamos camino a la catástrofe final.
Cómo escritor hago lo que sé: defender la esperanza a través de mi palabra.




Yo vi al conejo hundirse en el polvo. Bajo el estropicio descomunal, entre paredes calcinadas y trozos de hierro retorcidos como huesos quebrados, el aire olía a quemado, a metal fundido, a algo que ya no era de este mundo. El viento, entre los escombros, arrastraba un polvo gris que se me pegaba a la garganta, mezclado con el sabor de la pólvora, de la metralla.

Pero allí, en un rincón donde una viga inclinada hacía de refugio, lo vi moverse. Era un conejo. Su pelaje, antes blanco como la nieve de los campos lejanos, estaba ahora manchado de hollín y tierra, pero aún conservaba un destello de hermosura, como si la vida se negara a abandonarlo. Sus orejas, finas y translúcidas, temblaban al ritmo de su respiración acelerada, y sus ojos, grandes y brillantes, reflejaban no solo el miedo, sino también una extraña lucidez, como si supiera que el mundo se había deshecho.

El frío de la noche se filtraba entre las ruinas, pero el conejo no lo sentía. Lo que helaba su sangre era el silencio. Un silencio roto solo por el crujido ocasional de los escombros, como si el edificio herido aún gimiera en su agonía. De vez en cuando, un sonido lejano—un grito, el estallido de una llama—lo hacía encogerse aún más, como si quisiera desaparecer dentro de sí mismo. Pero no se movía. Yo lo observaba, y en sus ojos leí esa sabiduría animal que no necesita palabras: cualquier paso en falso podía ser el último.

Había visto la luz antes del estruendo, había sentido el suelo sacudirse bajo sus patas como si la tierra decidiera escupirlos a todos. Los otros, los que corrían y chillaban, ya no estaban. Solo quedaban sus sombras en las paredes, fantasmas de tiza que el viento se llevaría un día cualquiera de agosto. Él, en cambio, seguía ahí. No por valentía, sino porque el instinto le había ordenado esconderse, volverse pequeño, casi invisible.

El miedo le erizaba el pelaje, pero también lo mantenía alerta. Respiró, y yo lo vi contener el aire, como si el polvo le quemara los pulmones. Esperó. La noche era larga, pero en sus ojos, en esa mirada que parecía atravesar la oscuridad, había una esperanza: si lograba sobrevivir hasta el amanecer, quizá—solo quizá—encontraría algo que ya no creía posible. Un mundo donde volver a ser solo un conejo, y no un testigo de la destrucción.

El amanecer llegó con lentitud, filtrándose entre las grietas. La luz, pálida y fría, no traía alivio, solo la revelación de lo que la oscuridad había ocultado: el verdadero rostro de la catástrofe. El conejo alzó el hocico y olfateó el aire. El olor a quemado persistía, pero ahora se mezclaba con algo más—humedad, hierba pisoteada, tal vez incluso el rastro lejano de otro ser vivo. Sus orejas se tensaron, girando hacia los sonidos distantes: botas sobre ladrillos, voces apagadas, el llanto de alguien.

Un ruido lo hizo estremecerse. Algo se movía entre los escombros, más cerca esta vez. No eran pasos humanos, sino un arrastre lento, algo herido. Yo también me tensé, sintiendo su miedo como si fuera el mío. Entre las sombras, una figura se deslizó: otro animal, un perro quizás, con el pelaje enmarañado y una pata arrastrándose, inútil. Sus ojos se encontraron con los del conejo, brillantes en la penumbra, y por un instante hubo un entendimiento silencioso, una complicidad. Luego, el otro animal siguió su camino, perdido entre los escombros.

El hambre comenzó a hacer mella en el conejo. Lo vi más allá de su escondite, sus patas temblorosas pisando el suelo. Entre los cascotes, encontró un tallo de hierba medio quemado y lo devoró con avidez. No era suficiente, pero era algo. Algo para seguir.

Entonces, un estruendo lejano retumbó en el horizonte, seguido por un silbido que crecía cada vez más cerca. El conejo se paralizó. Yo contuve el aliento. No era el viento, ni los escombros—era igual que antes. El miedo lo inundó de nuevo, más frío que el invierno, más afilado que el hambre. Buscó refugio, pero esta vez no había tiempo. El mundo estalló en un rugido, y todo se volvió polvo y oscuridad.

Cuando el humo se dispersó, el silencio regresó, más denso que nunca. Entre las nuevas ruinas, algo se movió. Era él, estaba vivo, cubierto de una capa gris que lo hacía casi invisible. No entendía por qué seguía respirando cuando todo a su alrededor había sido borrado por las bombas. Pero ahí estaba, temblando, intacto y a la vez irreconocible. El miedo ya no le erizaba la piel, ahora era parte de él, como el polvo en su pelaje, como el latido acelerado de su corazón.

Y entonces, lo vi saltar. Un salto pequeño, torpe, pero un salto al fin. Hacia adelante. Porque no había otra dirección posible.

📚𝐆𝐑𝐀𝐂𝐈𝐀𝐒 𝐏𝐎𝐑 𝐕𝐈𝐒𝐈𝐓𝐀𝐑 𝐄𝐒𝐓𝐀 𝐏𝐔𝐁𝐋𝐈𝐂𝐀𝐂𝐈Ó𝐍




Texto de mi Autoría

Imagen del banco gratuito en Pixabay

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