Mientras abría el local escuchaba a mi jefe hablar por teléfono y queriendo y sin querer, mis oidos se agudizaron para captar la historia.
Por lo que pude entender uno de sus vecinos había muerto aquella noche. No entendí muy bien los detalles, pero su esposa alertó a todo el mundo cuando Don Guillermo se empezó a quejar de un dolor en el pecho, tan, pero tan fuerte, que le robaba el aliento y lo dejó al borde del desmayo.
Mi jefe salió a ver por qué su vecina estaba tan alterada y entendiendo que había una emergencia, por lo que sacó su camioneta para llevar al hombre de urgencia. Tenía lógica, pues en Venezuela las ambulancias son escasas y casi nunca están de servicio.
La parte más triste de toda esta historia es que cuando Don Guillermo iba en la camioneta, lo único que repetía una y otra vez como en trance: "El hospital no..." que por favor no lo llevaran al hospital. Unos meses antes, otro amigo suyo había ido al hospital con un dolor y había muerto porque no le habían podido hacer una tomografía a tiempo.
Según decía mi jefe, cuando llegaron a la clinica los remitieron al hospital pues en la clínica no tenían servicio eléctrico y la emergencia estaba cerrada. Lamentablemente no me sorprendió escuchar esto, menos porque justo en ese instante toda la cuadra estaba sin servicio eléctrico. Así, en aquel momento se m debatían entre buscar otra clínica o ir al hospital, entre el hospital y morir.
Tristemente cuando llegaron al hospital, después de pasar por la segunda clínica en dónde no había asistido el médico de guardia y las enfermeras atendian ellas solas dolores de barriga y ataques de asma, Don Guillermo ya había dejado este mundo.
La conversación seguía entre comentarios de los preparativos para el velorio y de como la viuda estaba destrozada. Lamenté haber escuchado esa triste historia, pero empezaron a llegar los clientes y ya no tuve tiempo de pensar más en ello.
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