Sin proponérmelo mucho me llega al oído la conversación ajena. Dos muchachas, rondando los veinte años, hablan de sus cosas, una le dice a la otra que está cansada, que no aguanta más, que todo le sale mal…Aguanta vale, ten confianza, no te desesperes…le comenta calmadamente su preocupada compañera…
Todos tenemos momentos de agobio y a veces sentimos que cualquier puerta que toquemos va a permanecer cerrada, no encontramos salidas, nos da la impresión que el mundo se olvidó de nosotros.
Negar que los momentos malos existan sería una gran tontería. La vida no es una línea recta que solo lleva a un tipo de situaciones. No, no es así. Por el contrario, es un camino con muchas bifurcaciones, con senderos zigzagueantes, en los que vamos a encontrarnos con buenos y malos momentos.
Las caídas están a la orden del día, no podemos evitarlas, son muchas las circunstancias que están fuera de nuestro control. ¿Pero qué hacemos con ellas, con esas situaciones en que aparentemente todo nos sale mal? En principio, aprender a mirarlas en su justa dimensión, porque puede ser que estemos exagerando en nuestras apreciaciones.
Es posible que en la infancia hayamos aprendido a exagerar la parte mala de la vida, a fijarnos en exceso en los sucesos negativos, eso es más común de lo que pensamos, por algún extraño motivo hay la tendencia a destacar lo negativo y minimizar lo que nos da bienestar.
Pero todos tenemos la posibilidad de aprender nuevas maneras. Si nos proponemos es posible que dejemos a un lado la mirada negativa y nos abramos a otra forma de percibir la realidad. ¿Cuesta? ¿Es difícil? Claro que sí, porque implica dos procesos, desaprender lo antiguo para aprender lo nuevo. Sin embargo, el esfuerzo vale la pena.
Si logramos mirar con serenidad y equilibrio, nos daremos cuenta que solo salen mal unas pocas cosas, el resto es bueno, quizá muy bueno, y lo suficientemente abundante como para vivir bien.
Cada caída puede ser una fuente de nuevos aprendizajes, una motivación para ensayar alternativas que no habíamos considerado antes. Lograr ese cambio de perspectiva requiere dos cuestiones básicas: poner más atención y cambiar la actitud negativa por una inquisitiva.
En vez de caer en la pesadumbre, desplomarnos, y dejarnos aplastar por el malestar, tratemos de interrogar la situación. Preguntémonos: qué pasó aquí, dónde pudo estar el error, por qué no me fije. Pasar a la fase interrogativa nos sitúa a las puertas de un cambio de actitud. De ese modo nos daremos cuenta, paso a paso, cuáles fueron los errores cometidos, y a partir de ellos construir nuevas maneras para salir adelante.
Todos podemos aprender a cambiar y matizar nuestras actitudes, es cuestión de decisión lograrlo.
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Las fotos, la edición digital y los Gifs son de mi autoría.