Entre reflejos y colores se debatía la creatividad de Juan.
Estaba en la cima de su carrera como artista; sin embargo, su éxito no fue suficiente para llenar el vacío en su corazón.
Sus pinturas llenas de color y luz no lograban disipar las sombras que lo embargaban y la depresión lo empujaba al consumo con pensamientos negativos para su vida.
Fue entonces cuando apareció Felicia, su novia de la universidad. Ella, como ángel caído del cielo, lo motivó a volver a su ciudad natal y reencontrarse con sus raíces.
Maracay, la muy cálida Maracay, ciudad jardín de verdadera belleza hasta en la sencillez.
Llegar a la ciudad y ver el verde de sus montañas, sentir en la piel la cercanía de la costa y el calor de la gente fue como recibir un golpe placentero, una bocanada de aire puro que le llegó hasta sus neuronas.
Felicia había logrado que Juan saliera del círculo vicioso en que se encontraba; lo llevó a otra atmósfera donde se reencontró con la humildad y se dejó acariciar por el amor para así hacer latir con fuerza su corazón.
Juan encontró la sonrisa perdida y la inspiración que había estado buscando.
A veces solo debemos ir donde está enterrado el ombligo, llorar, meditar con él, desechar lo malo y aferrarnos a lo bueno que la vida nos regala.
No pasó mucho tiempo antes de que el triunfo volviera; pero esta vez el corazón estaba lleno y los colores junto con los reflejos brillaban más que nunca.
Contenido original, escrito exclusivamente para Días ECENCYales #21/ Lanzamiento de la iniciativa "Entre Reflejos y colores".
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