Llegar a tu casa era un deleite,
el abrazo que alivia mi equipaje,
saber que me esperabas sonriente
al final de cualquier largo viaje.
Ya estaba en la mesa mi tesoro,
el manjar de parchita preparado,
con ese color de puro oro
que solo con tus manos habías dado.
Aquel postre no era solo un dulce,
era el modo tan tuyo de quererme.
No hay distancia ni tiempo que difumine
la dicha que me daba el ir a verte.
Hoy te busco en las cosas cotidianas,
en la tarde que cae sobre la esquina,
en el viento que mueve las persianas
y en el eco que dejas en la cocina.