Por el riego de mis muchos besos
cosechaba una arbolada de abrazos
cargada de los dulces frutos de tu regazo.
La dicha de terminar lleno de tus excesos.
Abandonar la humedad de los trópicos
era luego ahondar en lo fresco del páramo.
No importaba por cuanto habláramos,
siempre florecían temas exóticos.
En los picos de nuestro intercambio,
la suave nieve se asentaba
para luego entre arroyos varios
formar torrenciales cascadas
y diluir así pensamientos
en cada entregado intento
hasta pensar que el terreno de tu mente
era también el mío; yo regente.
Por mis excesos o descuidos
vine a despertar luego en desierto.
Tus frentes amazónicos destruidos
y mi corazón marchito y descubierto.
¿Qué hago con este reloj de arena?
El tiempo no transcurre y me apena
saber que viví en el paraíso
y ahora ni verlo puedo de improviso.