Risote [Cuento]

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Risote


Se preguntarán quién soy, pero dejemos eso para después, ¿si? Soy un burro feliz, porque de todos los trabajos que le pueden tocar a un burro, me tocó el de hacer a la gente reír. Si, como tú reíste cuando me viste recién.

Miren, yo he trabajado duro desde que era joven y frágil. Los sacos, los Andes y la mano pesada del hombre tallaron mi actitud. Antes creía que todo era trabajar y trabajar. Un poquito de comida luego y a echarse para que me despertaran con gritos y golpes al otro día.

Ya más grandesito le empecé a poner un ojo a los caminos y pueblitos entre las montañas. Me sorprendía mucho cuando veía a los andinos jugando y riendo. Yo me decía para mis adentros: —¿y estos cómo se ganan el heno de todos los días?

«Yo quiero trabajar como ellos trabajan»—decía.

Resulta que una tarde me cansé de tanto maltrato y con una patada mandé a volar a mi antiguo jefe. Me escapé, muy escapado, y salté de felicidad como lo hacían los andinos que yo veía todos los días.

Después de estar un buen tiempo libre disfrutando de largas caminatas y de la risa de niños andinos entre una y otra nevada, el cuerpo me pidió trabajar. Fue extraño, pero pasó. Y entonces fue en uno de esos pueblitos donde conocí a Duarte, el señor que está a mi izquierda. Aunque faramallero, él era un buen tipo. Duarte me enseñó que el trabajo no tenía porque ser una carga. Más bien, era un motivo para ser mejor cada día. Él me decía cada mañana: «quéjate menos, supérate más».

Así, aprendí que sacar sonrisas era lo mío. Comenzó por una simple foto, pero ya llevo miles. Los turistas son como los niños andinos: un bonche.

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