Era una niña herida
bastante perdida
en un viejo bosque
de frondoso follaje.
Sus rosas y equipaje
quedaron entre largas ramas,
no con poco drama
y sin llorar ríos.
Como hacía frío
la niña se guardó
en el hoyo de un árbol
que pronto encontró.
Anochecía en el bosque
y la niña castañeaba
y a su mami extrañaba
hasta que vio una luz.
Ella pronto preguntó:
mamita querida, ¿eres tú?
Pero, hada, tengo miedo.
Hay feos orcos afuera.
Casi entre sus manos, quedo.
Ayúdeme, por lo que más quiera.
No, hada, también hay bichos.
De sus nidos salen y pican.
Tengo miedo, ya te lo he dicho.
¡Socorro! Soy una llorica.
Hada, todavia hay árboles gruñones.
Pelean y quitan posesiones valiosas;
míralos, hay de a montones.
Hada, no podré darle a mamá sus rosas.
Al amanecer del otro día
le entregó a su mamá las rosas
y dijo ella: mi niña, ¡qué hermosas!
Logró así la niñita lo que más quería.