A veces me pongo a pensar sobre la ecuanimidad de la vida. Hace unos días se me ocurrió una frase que decía algo así: "La vida está llena de remordimientos, arrepentimientos e ilusiones, es lo último lo que nos mantiene vivos". Quizá son estas palabras muy simples para resumir esto que es el vivir, el experimentar y crear y tener incertidumbres, tristezas y alegrías y luchas personales y emocionales.
Las vivencias nos marcan, somos lo que vivimos. Vivimos o sobrevivimos. Sobrevivir es la experiencia más aterradora y la que nos hace más fuertes, lo que nos llena de más dudas que certezas, porque nos cuestiona, nos preguntamos por qué yo y no otro, y cuando sentimos que no merecemos nada, que era mejor alguien a quien consideramos superior... tal vez esa sensación nos permite apreciar mejor este acto de vivir.
El mundo está lleno de palabras, pero creo más bien que lo llenamos de palabras para no darle paso al silencio. El silencio suele ser incómodo, nadie prefiere quedarse callado decimos y hablamos para llenar esos espacios, para que el ruido exista. Cuando el silencio aparece aparecer la incomodidad, la noción del disgusto y las molestias. Cuando uno se queda callado es porque está bravo, molesto, porque no quiere hablar por algo que pasó.
Pero también las palabras son incómodas. Saber qué decir y cuándo decirlo. Esto es tal vez a lo que más temen ciertos hombres: a las palabras que saben que dicen verdades y que pueden hacer que ellos dejen de estar en ese lugar que prefieren y por eso mandan silenciar a quienes hablan. Las palabras incomodan porque niegan la realidad que ellos quieren imponer.
Los cuestionamientos, las preguntas, quiénes somos, adónde vamos... estamos llenos de incertidumbres y por eso intentamos crear y creer. Quien crea inventa, y quien inventa cree. Estas palabras tienen a lo mejor el propósito de creer en ellas mismas y dejar una huella si es que acaso algo queda.
Porque el mundo de las palabras es como un inmenso océano, porque hablamos y hablamos y hablamos que no escuchamos, que dejamos al otro sin la oportunidad de decir lo que piensa y siente porque queremos apresurarnos a que validen lo que decimos antes de que desaparezca, antes de que venga otro a imponerse, a decir lo que quiere decir y dejarnos callados.
De nuevo, esa suma. Hablamos pero no escuchamos. Hablamos y miramos a la pantalla azul. Escribimos y scroleamos. Bajamos, descendemos tratando de encontrar nuestro lugar en el mundo, este que nos absorbe, sin darnos cuenta de que ya estamos aquí, que nuestra mirada, nuestros ojos, nuestras palabras cuentan. Solo que no sabemos a ciencia cierta a quién decirselas.
Por eso, estas palabras son como una botella en el inmenso mar, un mensaje que se perderá como miles más, que muy pocos se atreverán a leer y yo, mensajero incomprendido, con el grito atravesado en la garganta, pidiendo auxilio ante el naufragio del mundo que habito.