Respiro profundo, tratando de asimilar lo que veían sus ojos, toco la puerta, movió el pomo verificando que giraba, espero un momento y volvió a tocar, guardo silencio aguardando alguna respuesta, su corazón se volcaba de angustia, dio suaves pasos y entró, intentó ver entre la creciente oscuridad, tratando de buscar alguna silueta o forma, allí debería estar su vieja tía, abuela tía o tía abuela… ya no lo sabía bien…, solo podía recordar a una pequeña señora tejiéndole trenzas en sus entonces largos cabellos, besando dulcemente su frente o dándole ricas golosinas, hurtadas cada tarde de la amplia y luminosa cocina.
La llamó, silencio total, y un olor a podredumbre le embargo los sentidos, la noche ya había caído y sus ojos acostumbrados a la ciudad no podían ver entre la oscuridad y las sombras. Sintió miedo… ¿Eran acaso realmente sombras? ¿O aquellos demonios demenciales de su infancia, quienes asomaban sus cuerpos ante el consabido conocimiento de su llegada?...
El fuerte olor la asqueaba, sentía como su cabeza le daba vueltas y su cuerpo sin control en vaivenes hacia arcadas, advirtió como lo poco que le quedaba del desayuno se le revolvía en el estómago, quemándole las entrañas, mientras un sabor amargo le subía poco a poco por su esbelta garganta. Vomitó, y al hacerlo su cuerpo perdió el conocimiento cayendo en su propio charco de angustia y desazón.
A la mañana siguiente, con la claridad de la luz y el incipiente canto de las aves, una muy anciana viejecilla cargada de años, canas y expectativas, tropezó con un cuerpo inerte, era su tía, quien despertaba de su profundo y placido sueño… Y allí estaba ella, muerta, ahogada en sus hedores y bañada en su propia pestilencia, la habían matado sus demonios, aquellos que salían en las penumbras y jugaban y danzaban en su cabeza.