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5:44 de la mañana. Carlota estaba sentada a la orilla del enrejado de la funeraria en donde estaban velando a su abuela Feliciana.
El sol estaba alzándose en el horizonte. Los zanates empezaban a revolotear de ahí para allá, saludando al astro rey con su trinar agudo. Las pocas visitas que llegaron a lo largo de la noche se habían marchado, quedando solo ella, su madre Francisca, su tía Antonieta, su hermano Alejandro y su primo Oswaldo.
Levantó la mirada hacia el horizonte.
Sentía su corazón contrito y compungido ante la rapidez de los acontecimientos. Sentía el peso del cansancio, las ansias de que todo terminará, el miedo a lo que le deparaba el futuro al no tener un currículo actualizado por 7 años de no trabajar de manera formal. Pero ella sabia que debía salir adelante. Sabía que necesitaba un ingreso fijo con el cual pagar las facturas, aunque conseguir trabajo era difícil.
Pero ella no quería pensar en ello ahora. Ella no quería pensar en nada. Necesitaba procesar el dolor de la pérdida.
Levantó la mirada. Un cenzontle se paró en uno de los jarrones ornamentales de la casa de enfrente. Se imaginó por un momento que era la dulce y vieja Francisca saludando al sol de la mañana, volando libremente por los aires, siendo feliz.
“Adiós, abuela… Nos vemos algún día de nuevo”, musitó con lágrimas en los ojos mientras entraba nuevamente en la funeraria.
