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Recuerdo las palabras que mi abuela dijo en una noche estrellada, mientras ella contemplaba el cielo. En su mirada se reflejaba una mezcla de angustia y preocupación, como si hubiera recibido una terrible noticia.
Cuando me acerqué, le pregunté qué había pasado. Volviéndose hacia mí, me dijo: "Algo terrible está por venir".
La miré con extrañeza. Mi abuela añadió: "El aire, Francisca... El aire está enrarecido. ¿No lo has notado?".
Negué con la cabeza. "Bueno, hay días en que la gente parece estar de muy mal humor, y hay días en que la gente anda contenta... Pero creo que es por la economía, abuela. Ya sabes que hay guerras al otro lado del mundo y que tenemos gobiernos incompetentes que solo se la pasan robando de la tesorería".
Mi abuela guardó silencio un momento. Luego levantó la mirada hacia el cielo. "Lo que viene es algo más siniestro. No puedo explicarlo porque ni yo misma sé qué es lo que viene. Solo Dios sabrá qué es lo que vendrá".
Fue mi turno de quedarme callada. Me limité a levantar la mirada hacia las estrellas, las cuales engalanaban la bóveda nocturna esa noche. Pero en un lugar recóndito de mi mente surgió una pregunta: ¿qué es lo que vendrá?