Ella despertó con la misma sensación de angustia que le robaba el aliento durante sus días y le atormentaba el sueño cada noche, miro a su lado y lo vio dormir con una placidez pasmosa, dulce y aterradora; era como si la realidad no le afectara o pudiera separar su alma de la agonía en la que vivían cada día.
Comenzó por envidiarlo, sus ojos cerrados, su respiración pausada, podía ver los minúsculos movimientos en su rostro que asemejaban a una fugaz sonrisa, la luz plateada de la luna brillo sobre su hermoso rostro y ella sintió odio, una indescifrable ira iba llenándola desde lo más profundo de su corazón, su piel comenzó a palidecer mientras pequeñas convulsiones recorrían su cuerpo, junto a su mesa reposaba su bolso, rojo, sucio y raído, nunca le combinaba pero la miseria la hacía llevarlo consigo a todos lados, lo tomo presa de la furia que en ella residía, sacó la navaja con la que se sentía segura en las inseguras calles y con fuerza indescriptible lo degolló, la sangre la bañaba, tibia, espesa, ferrosa, roja como su bolso y sin darse cuenta sonrió. Poco a poco, el cansancio de las largas noches habito en ella, llevándola a un plácido sueño. Era feliz, ahora lo entendía, estaba tranquila y podía dormir.