Arturo era el chiquillo al que todos en el pueblo veían raro, solía actuar extraño, sentándose a reír en las plazas, chapoteando en cualquier charco (los cuales usualmente estaban sucios), contandoles historias a los animales; daba que pensar su extraña actitud.Quizá, fue su actitud lo que mas llamo mi atención, tenia curiosidad por sus peculiares costumbres, poco despues de mudarme a esta comunidad, seguía sin saber de donde venia tal chiquillo, ¿Donde estarían sus padres? ¿Por qué todos en el pueblo le ignoraban?. El asunto del niño mantenía mi intriga viva, pero aparte mi trabajo me exigía una atención descomunal, por lo que las cortas conversaciones que tenia con el, eran menos frecuentes.
Tras una semana sin saber nada de e, incluso tras frecuentar los lugares en los que el estaba, me empecé a preocupar, así que pregunté. Los lugareños me miraban con incredulidad cuando hablaba de Arturo, algunos respondían con condescendencia, otros sencillamente me ignoraban. Sus respuestas me hacían creer que el chiquillo fue un simple producto de imaginación, con todo eso, los recuerdos eran vividos, su risa tan despreocupada, retumbaba en mis oídos, al final decidí ignorar el asunto, volví a enfocarme en mis rutinas y el tiempo pasaba... Con la misma monotonía agotadora.
Era invierno, cuando tocaron a mi puerta, con un ritmo apresurado, que me inquietaba, tras abrir la nieve caía, y nadie estaba a la vista, sin embargo note huellas, pequeñas, frente a la puerta. Tome mi chaqueta y me puse seguirlas.
Las huellas me guiaron a un parque extenso, lleno de arboles y con poca gente, al final de ellas estaba un niño arrodillado, buscaba bajos las rocas.
Su rostro me era tan familiar, me llenaba de regocijo saber que existía, pregunté con un tono que delataba mi entusiasmo -¿Arturo?- El niño volteo, me miro, pero lo que hacia parecía mas importante, insistí preguntado -¿Qué es lo que buscas?- su respuesta fue -Lo que perdiste admito que me desconcertó bastante, tanta seriedad por su parte, era extraña mucho mas de lo habitual, -¿Qué fue lo que perdi?- pregunté, y mi voz temblaba. El se levantó, me abrazó y dijó -La alegría de jugar como un niño-.