La mezcla cultural del pueblo donde crecí era un poco peculiar, por así decirlo. Existía una cercanía muy extraña entre la brujería y el catolicismo. En algunas casas, la línea que separaba ambas creencias era tan difusa que prácticamente desaparecía.
Veías personas que nunca faltaban a misa asistiendo también a chamanes para hacerse limpias, atraer la buena suerte o alejar las malas vibras.
En medio de esa extraña mezcla crecí yo.
Y, cuando era niño, todo aquello me daba muchísimo miedo.
A veces iba a casa de mi abuela y la encontraba haciendo limpias con amoniaco y otras cosas cuyo propósito jamás terminé de entender. También movía constantemente los muebles de la casa y, para mi desgracia, el altar.
Ese altar estaba al fondo de la casa.
Estaba lleno de santos mezclados con figuras que yo asociaba con brujos, además de velas que permanecían encendidas. De niño, aquel rincón me parecía aterrador.
Mi abuela vivía únicamente con mi tío. El problema era que él algunas veces trabajaba durante el turno nocturno en el hospital, y a ella le daba pavor quedarse sola en aquella casa enorme.
Siempre decía lo mismo:
A eso de las 10:30 de la noche, alguien tocaba la puerta de su habitación.
Como era extremadamente supersticiosa, cuando mi tío trabajaba de noche mis primos y yo nos turnábamos para dormir con ella. Lo hacíamos desde que éramos muy pequeños, así que para mí era completamente normal pasar algunos días en su casa.
Y aquella casa era gigante.
Era larga y tenía seis habitaciones. La de mi abuela era la cuarta contando desde la entrada, mientras que el baño quedaba prácticamente al final de la casa.
Eso significaba que, si necesitabas ir al baño durante la noche, tenías que atravesar varias habitaciones completamente a oscuras y en absoluto silencio.
Y lo peor de todo:
El baño estaba justo cerca del altar.
Yo no era tonto.
Tanto miedo me daba hacer aquel recorrido durante la noche que evitaba beber cualquier líquido antes de dormir. Podía estar muriéndome de sed, pero prefería eso antes que tener que levantarme para ir al baño.
Hasta que una noche pasó lo inevitable.
Por más que había intentado no beber demasiado, tenía unas ganas insoportables de orinar.
Intenté aguantar.
Y aguantar.
Hasta que simplemente llegué a mi límite.
No podía más.
Salí de la cama intentando hacer el menor ruido posible. Abrí la puerta de la habitación y me preparé para hacer lo que, en aquel momento, sentía que era la cosa más aterradora que había hecho en toda mi vida.
Caminar hasta el baño.
Cada paso parecía eterno.
Intentaba caminar rápido, pero mi propio cuerpo no me lo permitía. En aquella oscuridad no conseguía distinguir prácticamente nada y tampoco quería extender las manos.
No tenía ganas de chocar con algo.
Mucho menos con alguien.
Después de unos segundos que parecieron minutos, por fin llegué al baño.
Recuerdo perfectamente aquella puerta.
Tenía un panel de vidrio opaco que impedía ver hacia el interior, pero permitía saber si la luz estaba encendida. Además, la puerta solo podía cerrarse con seguro desde dentro.
Cuando llegué, estaba cerrada.
Y la luz estaba encendida.
Sentí un alivio enorme.
Mi tío había llegado.
Seguramente estaba usando el baño.
Por primera vez desde que había salido de la habitación me sentí seguro.
Me quedé esperando frente a la puerta, intentando ignorar las ganas de orinar y, sobre todo, evitando mirar hacia el altar.
No quería ver aquellos santos.
No quería ver las otras figuras.
No quería ver las velas.
Pasaron algunos minutos.
O quizá solo fueron segundos.
No lo sé.
El miedo distorsiona el tiempo.
Solo recuerdo que estaba agotado de esperar cuando escuché un pequeño golpe proveniente del altar.
Fue un sonido sutil.
Apenas audible.
Pero suficiente para llamar mi atención.
Intenté ignorarlo.
Entonces volvió a sonar.
Esta vez un poco más fuerte.
Miré hacia el altar.
Entre todas aquellas figuras hubo una que llamó especialmente mi atención. Parecía un indígena con la boca abierta. La luz de las velas se reflejaba sobre su rostro de una manera extraña.
Había algo en aquella cara que me inquietaba.
Volvió a escucharse el golpe.
El miedo comenzó a mezclarse con la curiosidad.
Y pensé que tampoco corría demasiado peligro.
Después de todo, mi tío estaba en el baño.
Si sucedía algo raro, solo tenía que gritar su nombre.
Así que comencé a acercarme al altar.
Un paso.
Luego otro.
Y otro.
Hasta que estuve casi frente a él.
Entonces ocurrió.
¡BANG!
Un golpe brutal hizo retumbar todo el altar.
Al mismo tiempo, la luz del baño se apagó.
Me quedé inmóvil.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Sentí un alivio enorme.
Por fin mi tío iba a salir.
Esperé escuchar sus pasos.
Nada.
Esperé escuchar su voz.
Nada.
La puerta continuó abriéndose.
Lentamente.
Hasta quedar completamente abierta.
Miré hacia el interior.
No había nadie.
No grité.
No hice ninguna pregunta.
Ni siquiera recuerdo haber pensado en algo.
Simplemente corrí.
Corrí como nunca lo había hecho.
Atravesé las habitaciones, llegué al cuarto de mi abuela, abrí la puerta y me metí en su cama.
Ella se despertó inmediatamente.
Me vio completamente asustado y me preguntó qué había pasado.
Yo intentaba recuperar el aliento.
Cuando finalmente reuní fuerzas para comenzar a contarle lo que acababa de ver...
¡BANG!
Un golpe fortísimo sonó en la puerta de la habitación.
Me quedé congelado.
Solo tuve tiempo de voltear a mirar a mi abuela.
Ella me miró a mí.
Después miró el reloj.
Eran las 10:30.
Entonces volvió a mirarme y dijo:
—¿Viste?...
¡Gracias por leer!
Recientemente he descubierto que disfruto muchísimo escribir, especialmente historias de terror. Es algo que estoy explorando poco a poco, así que espero seguir compartiendo más relatos como este por aquí.
Si llegaron hasta el final, muchas gracias por acompañarme en esta historia. Me encantaría leer qué les pareció, si alguna vez han vivido algo parecido o qué cambiarían para mejorar futuros relatos.
¡Nos leemos en la próxima historia! 👻
Créditos
Historia y texto: contenido original del autor.
Imágenes: creadas con inteligencia artificial mediante ChatGPT / OpenAI para acompañar visualmente el relato.