Pese a haber nacido en Venezuela en uno de sus peores momentos, haber pasado mil y una desgracias, haber sido víctima del hampa en varias ocasiones y haber tenido que despedirme de mi familia para irme solo a otro país, puedo decir que ninguna de esas experiencias ha sido el desafío más grande de mi vida.
Mi lucha más grande ha sido conmigo mismo.
No sé exactamente cuándo comenzó.
A veces solo pienso en lo feliz que era de niño y me pregunto si el entorno en el que nací me fue apagando con los años o si simplemente soy como una vela que poco a poco se consume hasta dejar un cascarón sin sentimientos y apático.
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Ya cuando tenía 15 años tenía problemas de tristeza. Mi cara estaba llena de acné severo y, además, el insomnio hacía que estar solo conmigo mismo fuera un infierno.
Cuando mis padres notaron que prácticamente no dormía fue cuando recibí mi primer tratamiento médico: pastillas para dormir.
Ese tipo de medicamentos me ha acompañado durante casi toda mi vida.
Recuerdo que odiaba los domingos.
No porque ocurriera algo especial ese día, sino porque sabía lo que venía después.
Si un viernes no dormía, no importaba demasiado porque el sábado podía levantarme tarde. Si pasaba un sábado, tampoco era un problema.
Pero el domingo era diferente.
Sabía que al día siguiente volvía la rutina y también sabía que probablemente pasaría toda la noche despierto.
Mientras la casa estaba en silencio, el ruido estaba dentro de mí.
Pensamientos aleatorios que no me dejaban dormir.
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Nunca fui una persona sociable. Nunca hice lazos realmente fuertes con amigos. Mis padres siempre fueron fríos y apáticos conmigo.
Mi papá nunca me abrazó. Ni siquiera recordaba mi cumpleaños.
Es más, nunca me dijo un "te quiero".
Mi mamá también fue fría y distante. Siempre intenté entenderla porque ella era huérfana de padre y madre, así que pensaba que su apatía era consecuencia de eso.
Hoy, siendo adulto, no tengo nada contra ella, pero tampoco siento que merecía crecer en una familia que nunca estuvo emocionalmente para mí.
Y eso se refleja hasta ahora.
Nunca me he sentido cómodo con el afecto. Soy una persona bastante apática y, muchas veces, siento que nada me interesa.
En realidad no culpo a nadie de mi forma de ser.
Solo intento encontrar un posible vínculo entre una parte importante de mi personalidad y la crianza que tuve.
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Después de que unos delincuentes entraran a nuestra casa, amordazaran a toda mi familia y nos robaran prácticamente todo, tuvimos que abandonar la ciudad donde vivíamos y empezar de cero en otra.
En la ciudad donde crecí, aunque nunca fui especialmente sociable, al menos conocía a algunas personas de la escuela y a algunos vecinos.
En la nueva ciudad nunca conseguí eso.
Fue durante esos años cuando me aislé por completo.
Pasé cerca de ocho años sin construir relaciones.
Vivía para trabajar y poco más.
Siempre culpaba al hecho de trabajar desde casa, pero con el tiempo entendí que esa no era toda la historia.
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También fue durante ese período cuando consumí muchas drogas.
Entre todas, irónicamente, mi favorita era el alcohol.
Me permitía desconectar por completo mi cerebro y dormir profundamente.
Tuve años de consumo crónico, desarrollé dos úlceras severas por el exceso de alcohol y atravesé algunos de los peores momentos de mi vida.
En menos de cinco años intenté quitarme la vida en dos ocasiones.
No puedo decir mucho más de esa etapa.
Solo recuerdo que, en el último intento, me dio un miedo horrible dar el paso.
Caí al piso y lloré.
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Con el tiempo también dejé Venezuela.
Me despedí de mi familia y me fui solo a otro país sin saber muy bien qué estaba buscando.
No puedo decir que ese cambio resolviera mi vida.
La batalla seguía siendo la misma porque nunca estuvo ligada a un lugar.
A pesar de todo eso, siempre sentí que era un depresivo altamente funcional.
Mientras por dentro me estaba destruyendo, nunca dejé de aprender.
Aprendí música, inglés, programación, electrónica, jardinería, cocina y cuanta cosa se me cruzara por delante.
Siempre he sido muy versátil para aprender y puedo enfocarme durante muchas horas en una actividad hasta dominarla.
Soy terco y, sinceramente, me gusta serlo, porque si no fuera por eso probablemente hoy no sabría todo lo que sé.
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La batalla siempre estuvo dentro
Hoy no culpo a nadie por quien soy.
Simplemente acepto que mi historia me convirtió en esta persona.
Después de mirar hacia atrás entendí que sobreviví a un país en crisis, a la violencia, a la distancia, a la soledad y a mis propios excesos.
Pero la batalla más difícil nunca estuvo afuera.
Siempre estuvo dentro de mí.
Y sigue ahí.
La diferencia es que hoy tengo más fuerza para seguir peleando.