Llevaba meses esperando este viaje a Capital. No venía a hacer compras ni a ver ningún espectáculo: mi único objetivo era encontrar la estrella del Carpo. Soy fanático de Pappo desde que tengo uso de razón; crecí escuchando sus discos en el taller de mi viejo y para mí el tipo es una leyenda absoluta.
El sábado salí temprano a caminar por la Avenida Corrientes. Sabía que las estrellas estaban sobre las veredas, pero al principio me costó ubicarla entre tanto movimiento de gente, pizzerías y colectivos que pasaban haciendo ruido. Iba mirando todo el tiempo para abajo, esquivando peatones que me miraban raro porque caminaba a paso de hombre y frenándome en cada esquina.
En un momento, casi me la paso de largo. Estaba ahí, grabada en el piso de la vereda, resistiendo el paso del tiempo y el pisoteo diario de miles de porteños.
Me quedé parado ahí un buen rato, mirando el bronce con el nombre PAPPO justo en el centro de la estrella. Tenía esa mancha de grasa viejísima al lado, chicles pegados y el desgaste típico de la calle.
Muchos podrían pensar que le faltaba mantenimiento, pero a mí me pareció perfecta así: bien de calle, sufrida, rockera y desprolija, tal cual era él. Nada de mármol reluciente ni vitrinas de museo.
Esperé a que se secara un poco el tránsito de peatones para que nadie me tapara el ángulo. Me paré bien arriba, saqué el celular y le saqué la foto. Ni siquiera le puse filtros. Quería guardarme ese recuerdo tal cual lo estaba viendo: el Carpo inmortalizado en el cemento de Buenos Aires, bajo mis propios pies.
Apenas la saqué, me fui a tomar un café a la vuelta, puse Riff en los auriculares y me quedé mirando la imagen en la pantalla. Misión cumplida.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.