Todos los miércoles, cuando el sol del mediodía pegaba fuerte, Carmen salía a su pequeño balcón en el tercer piso. No era gran cosa, solo un espacio estrecho con barandillas de metal verde y una red para que no se cayeran las macetas, pero para ella era su rincón del mundo.
Ese día, como de costumbre, puso el tendedero portátil y comenzó a colgar la colada. Camisetas, calcetines desparejados, las toallas viejas que ya no absorbían bien... Lo de siempre. Carmen suspiró. La rutina la asfixiaba. Soñaba con playas lejanas y aventuras, no con jabón de fregar y aire acondicionado ruidoso.
Justo debajo, en el segundo piso, Don Manuel pasaba la mañana sentado cerca de la ventana, protegido por las persianas cerradas y el toldo verde. El ventilador de su aparato de aire no paraba de girar, pero él apenas lo notaba. Sus ojos estaban fijos en la calle, observando a la gente pasar, imaginando sus vidas. A él también le gustaba soñar despierto.
Un miércoles más, la colada estaba lista para secarse y Don Manuel seguía con sus observaciones desde la penumbra. Pero ese día fue diferente. Una camiseta blanca, la favorita de Carmen, se soltó de una pinza y el viento la llevó hasta el balcón de abajo.
Carmen lo vio caer y contuvo el aliento. ¡Su camiseta! Miró hacia abajo, pero solo vio las persianas cerradas del vecino. ¿Cómo la recuperaría?
Mientras tanto, en el piso de abajo, Don Manuel escuchó un leve golpe contra la ventana. Abrió la persiana con cuidado y allí estaba: una camiseta blanca, colgando del borde de su balcón. La recogió con curiosidad. Olía a limpio, a jabón de lavanda.
Unos minutos después, Carmen bajó y llamó a la puerta de Don Manuel. Él abrió, sonriendo, y le entregó la camiseta. "Creo que esto se ha escapado", dijo con voz rasposa.
Carmen se sonrojó un poco y le dio las gracias. Hablaron un rato sobre el calor, el ruido de la calle, los sueños que se quedan en pausa.
Resulta que Carmen también conocía el aroma a lavanda que le gustaba a Don Manuel y él le contó una historia de su juventud, cuando viajó a Francia y vio campos enteros de esa flor.
Desde ese día, Carmen y Don Manuel a veces se cruzaban en la escalera o en la calle. No se contaban grandes secretos, pero siempre se saludaban con una sonrisa cómplice. Y cuando Carmen colgaba su colada en el tercer piso, sentía que su rutina era un poco menos asfixiante, sabiendo que en el piso de abajo había alguien con quien compartir un pequeño recuerdo de lavanda.
Y Don Manuel, desde su ventana, seguía observando, pero ahora con una historia más en su colección, una historia tejida con una camiseta blanca y un simple olor a limpio.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.