Eran las diez menos cinco de la noche, y el mundo exterior ya había apagado su volumen para Hebert. Trabajaba como técnico de sonido en una pequeña productora de videos, y su cabeza, después de mezclar audios ruidosos y diálogos pegajosos todo el día, se sentía como un bombo.
"Otra vez a la batalla," murmuró, deslizando su dedo por la pantalla de su celular hasta llegar a la lista que, según él, tenía la única misión de salvarle la noche: "classic" de Hebert Galué.
Se puso sus audífonos, esos que cancelan el ruido, y el primer piano de "Arabesque" de Claude Debussy lo envolvió como un chal de terciopelo. Inmediatamente, la tensión en sus hombros comenzó a desinflarse. No era solo la música; era el ritual. Se acomodó en su cama, las luces apagadas, dejando solo la pequeña luz naranja del cargador.
Mientras la melodía dulce y ondulante de Debussy se escurría en su mente, la lista automáticamente pasó a la segunda pieza. Una sonrisa se dibujó en su rostro. "Married Life (from 'Up')", tocada en el piano. Aunque la película le sacaba siempre una lagrimita, la versión instrumental era pura nostalgia suave. Le recordaba que hasta en el caos de la vida diaria, había un ritmo sencillo y hermoso esperándolo.
A la mitad de "Clair de Lune (Studio Version)" —y sí, se fijó que decía "studio version" porque para él, el tempo era clave—, Hebert cerró los ojos. La pieza de Debussy era como la luz de la luna misma: etérea, brillante pero nunca agresiva. La música le pintaba un paisaje mental de un lago tranquilo bajo un cielo despejado. El bombo en su cabeza se había convertido en un suave tamborileo.
Cuando llegó "Für Elise" de Beethoven, una pieza que conocía desde niño, su mente ya estaba a medio camino del sueño. El familiar dum-dum-dum-DA era como la voz de su abuela arrullándolo. Era predecible y, por lo tanto, increíblemente seguro.
La última pieza que siempre escuchaba a consciencia era "Nocturne" de Feinberg. Esta era su favorita. Era la melodía de despedida. Más profunda, con más peso, pero que lo empujaba suavemente hacia el abismo del sueño.
Justo cuando su celular reprodujo "Clouds" de Luke Faulkner, una canción que, admitía, no era "clásica" pero que cerraba perfectamente su viaje, Hebert ya no estaba en su cama. Estaba flotando, perdido en la bruma tranquila del sueño.
Su lista de 26 minutos no era solo música, era su ancla nocturna. La llave maestra que silenciaba el ruido del mundo para que su mente, por fin, pudiera descansar.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.