El sol era una moneda de oro fundido cayendo justo al final de las vías. Parecía que iba a chocar contra la ciudad, pero solo se estaba despidiendo.
Martín llevaba sentado en el borde del terraplén más de una hora, viendo cómo la luz se estiraba y se encogía sobre los raíles. Eran dos líneas de acero brillante que parecían hechas de miel al reflejar el naranja intenso. Un calor pegajoso todavía flotaba en el aire, a pesar de que la tarde se iba.
Había árboles altos, un muro de hojas oscuras a su derecha. A la izquierda, bloques de apartamentos blancos se alzaban como gigantes dormidos. Martín siempre pensaba que las vías eran una frontera: de un lado, la selva de ramas; del otro, la gente con prisa que volvía del trabajo.
Justo cuando el sol tocó el último edificio, vio algo. A lo lejos, muy lejos, entre el resplandor, había una mancha oscura. Era el tren. El de las seis y cuarto. Se acercaba lento, como un animal cansado.
Pero algo más llamó su atención. En el medio de las vías, caminando hacia el tren, había una persona.
Martín se levantó de golpe. "¿Qué hace ahí?"
La figura era pequeña y, por la forma de andar, parecía ir sin preocupaciones. Estaba tan bañada en la luz que era difícil distinguir si era un hombre o una mujer, solo una silueta.
El tren pitó. Un sonido fuerte, ronco, que resonó entre los edificios. La silueta, sin embargo, ni se inmutó. Siguió caminando.
Martín sintió un escalofrío. Levantó la mano, aunque sabía que desde tan lejos nadie lo vería ni lo oiría. El tren ya no venía lento; ahora se movía con la prisa de quien llega a casa. El foco del tren era un ojo amarillo buscando la noche.
Cuando la persona estuvo a pocos metros del tren, algo pasó. La silueta se hizo a un lado, justo a tiempo. Se apartó de las vías y se perdió entre la hierba alta. Ni una carrera, ni un susto, solo un paso tranquilo hacia la oscuridad.
El tren pasó frente a Martín con un estruendo, levantando una ráfaga de aire caliente y olor a metal.
Cuando el último vagón desapareció y el ruido se fue, Martín bajó de nuevo la mirada a las vías. Estaban vacías. Solo quedaba el rastro naranja del sol, que ahora sí, se había escondido por completo. Se frotó los ojos. Tal vez fue solo un juego de luces, o alguien que sabía el horario del tren de memoria.
Se puso la mochila al hombro y empezó a caminar en dirección contraria, alejándose de la ciudad. Las vías seguían brillando, y aunque ya era casi de noche, Martín sintió que esas dos líneas de metal guardaban un secreto que solo se atrevía a asomar cuando el sol se ponía.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.