No llovía, pero el cielo estaba encapotado y gris, de ese humor que tienen las tardes largas y frías.
Como siempre, el paso a nivel de la calle Juramento era un nudo. Autos esperando, el semáforo en rojo y ese rumor lejano pero claro del tren que se acerca. El tren que trae gente del norte, de las afueras, y los deja a pocos metros, en la estación.
A un costado, detrás de la barrera baja y las barandas rojas y blancas, un grupito de gente se amontonaba. Una mujer rubia charlaba con un hombre joven; otros esperaban en silencio, mirando la vía. Era la rutina de todos los días. Nadie imaginaba que la rutina estaba a punto de romperse de la forma más dolorosa.
Daniel tenía 35 años y el color naranja de su mochila de PedidosYa se veía a la distancia. Venía a pedal puro, rápido, con esa urgencia de quien sabe que cada minuto cuenta en este laburo de andar repartiendo pedidos. Esa tarde traía una hamburguesa a una casa a unas cuadras. Estaba cansado, sí, pero quería terminar rápido para ir a ver a su hijo a la salida de la escuela. Ese era el premio de su día.
La barrera estaba baja. Él lo sabía. Lo veía. La gente esperaba. Pero algo en su cabeza, o quizás en su estómago, en esa presión por llegar a tiempo, por no perder la entrega, por el "ya voy", le jugó una mala pasada. "Es un segundo", pensó. "Si le meto pata, paso antes de que el tren llegue". Una apuesta absurda, injusta, mortal.
No hubo frenazo, no hubo grito de aviso. Solo el estruendo. El sonido seco del metal contra el metal, y después el silencio. Un silencio absoluto y gélido, mucho más frío que la tarde misma. El tren se detuvo unos metros más allá, como pidiendo disculpas por lo que no pudo evitar.
La gente se acercó despacio, con miedo de lo que iban a encontrar. Allí estaba él, boca abajo, con la bicicleta a unos metros. Y la mochila naranja. Esa mochila que unos minutos antes llevaba la comida de alguien, y que ahora era el testigo mudo de una vida interrumpida. El casco rojo, a un lado, como si se hubiera dado cuenta tarde de su función.
El ruido volvió de golpe. El sonido de los celulares llamando a la policía, a la ambulancia. Los comentarios en voz baja, las caras de espanto, las lágrimas contenidas de quienes, sin conocerlo, sentían la pérdida de ese hombre joven que, por un segundo de prisa, lo había perdido todo. Unos metros más allá, a espaldas de la tragedia, otros tres repartidores con sus mochilas también esperaban. Miraban en silencio, con la misma angustia de quien sabe que ese destino, por un azar macabro, no fue el suyo.
La hamburguesa nunca llegó a destino. Y Daniel tampoco llegó a la salida de la escuela de su hijo. La prisa, esa compañera constante y traicionera de quienes andan en la calle, le había robado la vida en un instante. En esa tarde gris, en un paso a nivel cualquiera de la ciudad, el tiempo se detuvo para siempre. No para el tren, que pronto volvería a arrancar, sino para un hombre que, por un minuto de prisa, se quedó sin mañana.
Este accidente ocurrió el día de ayer en el barrio donde vivo en la ciudad de Buenos Aires.
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Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.