El martes no era el día favorito de Doña Elena. La panadería de la esquina, su único destino fijo en la semana, quedaba a tres cuadras y las mañanas se sentían pegajosas, incluso a las nueve. Pero ese martes en particular fue diferente.
Al salir de su edificio, un aroma dulce y terroso la golpeó. Se detuvo en seco, justo al lado del árbol de tronco oscuro que plantaron hace unos veinte años. El jacarandá.
No era solo el olor; era el suelo. Los adoquines grises y cuadriculados de la vereda, normalmente tan fríos y duros, estaban cubiertos por una capa irregular de pétalos de color violeta intenso. Parecía que el árbol, en lugar de dar flores al cielo, había decidido tejerle una alfombra a la ciudad.
Elena sonrió. No una sonrisa de boca ancha, sino esa mueca pequeña y contenida que solo aparece cuando uno encuentra un pequeño regalo inesperado. Las flores estaban un poco aplastadas por el rocío de la mañana y por el paso de algún coche mal estacionado, como el gris que se veía a su izquierda. Pero eran perfectas.
Mientras caminaba, pisando suavemente para no deshacer la efímera obra de arte, vio a una chica joven con una mochila que miraba el teléfono, sin prestar atención. Qué lástima, pensó Elena. Se está perdiendo la mejor parte del día.
Llegó a la panadería con el espíritu más ligero. Pidió dos facturas de crema, su capricho semanal. De vuelta, justo antes de entrar a su casa, se agachó. Recogió un puñado de pétalos caídos, los más frescos, y los puso en el bolsillo de su delantal.
El resto del día, los pétalos se quedaron allí. Eran un recordatorio de que a veces, la belleza no se busca en los grandes jardines, sino en el medio del asfalto, debajo de un árbol que solo quiere que mires hacia abajo. Y el martes de Doña Elena, ese que iba a ser tan pegajoso, terminó siendo el más hermoso.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.