El sol de mediodía pegaba duro, de ese que te achicharra la piel en Caracas. Pero a Doña Elena, parada en el techo de su casita en Catia, eso le daba igual. Llevaba horas con el radio pegado a la oreja, un radio viejo de pilas que sonaba a lata, sintonizando una emisora clandestina que de pronto se hizo oficial: ¡El tirano había caído!
Soltó el radio y sus ojos, cansados por 78 años de ver de todo en esta tierra, se llenaron de un brillo que hacía tiempo no sentían. Se arremangó un poco el viejo camisón floreado y, con una agilidad que nadie le daba, subió corriendo la escalerita de metal hasta la azotea.
En su mano, bien agarrada, estaba la bandera. No era nueva ni elegante; tenía manchas de humedad y el color se le había ido con tantos soles y aguaceros guardada en el fondo del clóset. Pero para Doña Elena era la más hermosa del mundo.
Cuando llegó al borde, se irguió como una catira joven, alzó el trapo tricolor con todas sus fuerzas y soltó un grito. No fue un grito de rabia, ni de dolor. Fue el grito del desahogo, de la olla de presión que por fin libera el vapor. Abrió los brazos, con los puños cerrados, sintiendo que el viento le despeinaba las canas y le secaba una lágrima traicionera.
—¡Se acabó, cochino! —gritó hacia el cielo, sin importarle que solo la escuchara un perrito flaco y los tanques de agua azules del vecino.
Los vecinos, abajo, empezaron a salir. Primero tímidamente, luego en tropel. Vieron a la anciana en el techo, firme como el Samán de Güere, y entendieron. La música de las cornetas empezó a sonar a todo volumen: un joropo de esos viejos que te hacen bailar hasta las penas.
Doña Elena no bailó, pero su corazón sí. Cerró los ojos un instante y sintió que no solo caía un dictador, sino que se caía el peso de los hijos que se fueron, la angustia por el nieto que come solo arroz y el miedo de irse a dormir sin saber si habrá luz mañana. Por primera vez en años, el aire le supo a libertad. El sol de mediodía en Catia ya no quemaba; calentaba una nueva esperanza. Y esa bandera, rota y vieja, era el mejor escudo que podía existir.
La foto la tomé de la red social X.