Joseph sentía que cargaba con un trofeo, no con un chocolate. Sus dos manos apenas alcanzaban para sostener el paquete gigante del Blockazo de Cofler. Un kilo entero de chocolate con maní. Envoltorio amarillo, letras grandes y un eslogan que le tocaba el alma: "¡Vamos Argentina!".
Estaba parado en el pasillo de dulces del supermercado, con los ojos fijos en su papá, que venía arrastrando el carrito con cara de estar pensando en la cuenta de la luz. Joseph sabía que no podías pedir algo así a la ligera. Necesitaba una estrategia, un argumento infalible.
—Pa... —dijo Joseph, usando su tono más maduro y calculador—. Mirá esto.
Su papá frenó el carrito, miró el paquete, miró a Joseph por encima de los anteojos y soltó una risita.
—¿Qué es eso, Joseph? ¿Un ladrillo para construir una casa? Dejá eso ahí, nos va a dar diabetes de solo mirarlo.
—No, escuchame —insistió Joseph, dándole un paso al frente para que viera bien el diseño del chocolate grabado en el envase—. No es para comerlo hoy. Pensalo como una inversión. El viernes es el partido inaugural del Mundial. Jugamos el primer partido.
Su papá se cruzó de brazos, pero con una media sonrisa. Ya sabía por dónde venía la mano.
—¿Y qué tiene que ver el Mundial con un kilo de chocolate?
—Tiene todo que ver —argumentó Joseph con total seriedad—. Los nervios del debut, papá. Vos te ponés re loco con los tiros libres. Mamá se va a la cocina porque no quiere mirar. Si compramos este Blockazo, lo ponemos en el centro de la mesa ratona. Cada vez que nos dé un ataque de nervios, en vez de comernos las uñas, le pegamos un tarascón al chocolate. Nos dura para todo el partido, posta. Además, mirá... dice "Vamos Argentina". Trae suerte, es cabala.
El papá se quedó mirando el paquete amarillo. Es verdad que se venía el Mundial y la adrenalina ya se sentía en la calle. Miró los ojos bien abiertos de Joseph detrás de sus lentes, sosteniendo semejante monstruo de chocolate con un entusiasmo que no le cabía en el cuerpo.
—Un kilo, Joseph... Es una guasada —dijo el papá, pero ya estaba estirando la mano para agarrarlo y pesar el paquete—. Che, pesa en serio esto.
—¡Te lo juro! Rinde un montón. Dale, pá, lo compramos hoy y prometo que no lo tocamos hasta que el árbitro toque el silbato el viernes.
El papá lo miró un segundo más, suspiró con una sonrisa y lo tiró adentro del carrito, justo arriba de los fideos.
—Bueno, pero si nos quedamos afuera en primera ronda, te comés el chocolate solo por mufa.
—¡Olvidate, somos locales! —festejó Joseph, metiendo un salto en medio del pasillo.
Esa noche, el Blockazo fue directo a la alacena más alta. Joseph lo mira todos los días cuando vuelve del colegio. Falta poco para el viernes, y el chocolate gigante ya es parte del equipo.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.