LA CIUDAD PUNZANTE (Cuento Corto)

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«Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo».


— Séneca

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LA CIUDAD PUNZANTE

Todo comenzó con una extraña conversación que tenía con mi amigo Fausto el día en que nos reunimos por última vez. Estábamos en su casa; una hermosa cabaña aledaña a los suburbios. Degustábamos del vino recién fermentado de sus diversos barriles. Tenía un huerto impresionante de uveros con un sabor amargo y suave a la vez.

Pasábamos horas relatándonos historias que compartíamos ya cautivados por el sueño de la ebriedad, consumando con cada pulso y latido fraterno palabras enigmáticas sobre lugares pertenecientes a mundos oníricos. Elaboré un croquis imaginario de una sociedad avanzada y discreta, cuya tecnología rebasaba los albores de la fantasía. Pero él fue más allá, induciendo en mi memoria una utopía ruinosa que solo provoca pavor en el corazón de los hombres.

Fausto siempre fue un soñador experto, y más cuando se convertía en un catalizador práctico ya dominado por el licor. Abría sus piernas regordetas relajando sus temores, y exhalaba calmado las cuencas de su imaginación. Cerraba los ojos y hablaba; una y otra vez, tratando de explicar con palabras sencillas lo que su corazón con gravedad quería emitir.

Me habló de una ciudad extraña, con espinas a lo largo de sus edificios descontinuados. Era como ver una selva de cactus alargados donde los seres vivos podían ser presa de su dimensión. Me dijo que germinó de una base maldita, rociada por los fluidos de un dios del mundo inferior. Con solo una gota de su sangre impía la ciudad se levantó como una trampa amenazante, que devoraba con mecanismos oscuros a incautas e ínfimas criaturas.

En un instante caí desfallecido por la embriaguez; viajante en un mundo quimérico y atroz. Bajé desde una nube de bramantes tormentas, y descendí hacia las puntas de un acantilado gris y mortal. Sobre sus ásperas cumbres vislumbré hacia el horizonte, divisando la ciudad espantosa de mi amigo Fausto. Sobre sus espinosos edificios revoloteaban aves rapaces, que con solo mirarme de soslayo se dirigieron raudas hacia mí.

Quedé paralizado por el peligro amenazante y tuve que dejarme llevar por la inminencia. Una de las aves me sostuvo por mis hombros, llevándome a la ciudad que tanto temor punzante me confería. Sentí una fuerza extraña e invisible que me reclamaba y un susurro que persuadía a las criaturas que giraban a mí alrededor.

Sentí una amenaza póstuma, mucho más peligrosa por la que fui tomado, así que caí; liberado por quien me había secuestrado. Desde la concavidad oscura de la ciudad punzante, emergió ojo gigantesco, amarillo y brillante; totalmente diferente a cualquier otro ojo de ser viviente que haya visto. Descendía hacia él con gran velocidad, y éste al ver que me acercaba se abrió como los pétalos de una flor, esperándome en sus fauces.

Al estar rodeado de completa oscuridad, desperté exaltado con el alma casi desprendida de mis entrañas. Lo primero que vi fue a Fausto frente a mí, sujetándome de los hombros, con el rostro perturbado y los ojos abiertos hasta el límite. Al ver mi febril estado me otorgó un vaso con agua, y se sentó junto a mí inclinando su cabeza hacia adelante diciéndome estas palabras:

— ¡Por Dios mismo amigo! ¡Pensé que te perdería! Ya no habrá más vino para ti por esta noche.

FIN


Escrito por universoperdido@universoperdido. 03 de Febrero del 2021


La foto de portada es de mi propiedad, tomada con un celular moto e4 y editada con PhotoScape y Snapseed.

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