Verónika decide morir, es una de las tantas obras literaria de Paulo Coelho. En un principio, por su título no me atraía; pero llegó a mis manos, y como había decidido leer todos sus libros, ni modo, me lancé a la aventura de adentrarme en sus páginas... me llevé una grata sorpresa.
Cuando inicié la lectura, no pude parar y la terminé el mismo día. Quizás me apasionó por el hecho de que siempre me gustó la psicología (a pesar de que estudié ingeniería), y lo menciono porque dos personas que conozco la han leído, y apenas la recuerdan; no les impresionó mucho, así que supongo que eso influyó mucho.
La forma como se describían y se desarrollaban las patologías en los individuos de la historia, concebidos tan comunes como cualquiera de nosotros, me hizo sentir empatía con cada uno de ellos y entender cómo funcionaba su mente.
No sé porque razón, pero después de su lectura, en mi mente quedó la idea de volver al libro para desglosar cada uno de los personajes. No era por el relato, pues ya lo conocía, sino por escudriñar los personajes y sacarlos a la luz desde sus diferentes patologías. Esto no fue sencillo para mí, ya que están desmenuzados entre las más de 200 páginas de la obra literaria; así que los fui extrayendo uno a uno, inicialmente desde lo que recordaba y después tuve que releer para encontrar los detalles que se me pudieran escapar, desde mi punto de vista, importantes. También me fue laborioso la parte de separar las historias por personaje, de manera de poder presentarlas de forma individual y que tuvieran su aporte.
Con este quehacer que adopté de manera voluntaria y sin necesidad alguna, tengo varias anécdotas. La primera que recuerdo es que, poco tiempo después de que la inicié, noté la dedicación que necesitaría para culminarla. En ese momento sentí ganas de tirar la toalla, como dicen por ahí. Pero en la estructura de mi personalidad está arraigada la práctica de terminar lo que comienzo (lo que me ha sido de provecho a lo largo de mi vida), así que no me quedaba de otra, más que terminar. Por otra parte, aprendí también de mi madre, que si no voy a hacer las cosas bien, mejor no las haga. Entonces entenderán que no se trata sólo de terminar lo que comienzo, sino de terminarlo bien. La anécdota más traumática fue que, después de ya prácticamente haber terminado el trabajo, con unos dos o tres meses de sentarme a ratos, para ir materializando lo que tenía en mente; un día, simplemente, perdí todo lo escrito, sin posibilidad de recuperarlo.
Sentí ganas de llorar, en serio. Tantas horas puestas en esas páginas, y tiempo no me sobra... pensé en olvidar mi empecinada misión. Me dolió tanto que prefería no pensar en eso. Después de un tiempo pensaba, sí lo voy a hacer nuevamente, pero no ahora.
Pasaron más de seis meses y llegó la cuarentena, lo feliz que me ha hecho estar en casa con mi familia y tener más tiempo de lo normal para las cosas que quiero hacer, me dio el ímpetu de volver a empezar. Igual, de a poco, estoy armando otra vez, lo que está dibujado en mi mente. Sigo sin entender por qué se me hace una necesidad concretar esta tarea. Supongo que en algún momento lo sabré.
Lo cierto es que esa determinación que me mueve a concretar mis metas, de cualquier índole, contra viento y marea; me hace sentir a veces terca y obstinada. Sin embargo ha sido una herramienta útil para mí al momento de superarme y saltar las adversidades.
Al momento de escribir estas líneas, aún no he culminado mi texto sobre los personajes de Verónika y sus patologías; pero anoche al acostarme a dormir, pensé que debía hacerlo, para colocar luego el link a este contenido, en cada una de las publicaciones fruto de este reto personal, y así, quienes lo lean puedan saber la historia que está detrás. Con Dios, espero poder compartirlo pronto.
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Como siempre gracias a ustedes por compartir conmigo este pedacito de vida.
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Emoticones personalizados con la aplicación Bitmoji descargada desde Play Store para Android. La primera fue editada con la aplicación Inshot, también de Play Store.