Cuando al fin pudo llegar a casa su perro no lo dejaba entrar, lo miraba fijamente mientras salivaba como si se preparara para morderlo.
-Que te pasa perro tonto, soy tu amo. Corazón le puedes hablar al perro, no me deja entrar a la casa-
-Que no me digas corazón. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? ¿Qué clase de hombre le dice corazón a su esposa?-
-Pues es que mi madre así me decía-
-¿Tu madre? yo no soy tu madre, soy tu esposa. Mas vale que vengas de con tu amante y ya te halla dado de comer, porque aquí no va a ver nada-
-Ya te dije que no tengo amante, somos sólo tu y yo-
-Ese es el problema que estás pintado a la antigua, mira que mi hermano Antonio tiene a su esposa y dos amantes y tu no puedes tener ni una, pues ¿Que te pasa? ¿Porqué no te comportas como los demás hombres del pueblo?-
-Bueno, es que yo todavía creo en el amor verdadero-
-Hay Dionisio, si no se trata de amor, se trata de que te sientas de alguna forma en deuda conmigo, de que me traigas una hermana que de vez en cuando me acompañe a hacer la despensa-
-Pero, es que eres todo para mi, eres todo lo que yo necesito-
-Ay! ya pásale Dionisio, ya me caíste gordo-
-Oye, huele delicioso, ¿Qué hiciste de comer?-
-Son solo papas hervidas, no tienen sal, te las comes y subes rápido a la recamara porque estoy muy estresada-
-Si corazón, como tu digas-
-¡Que no me digas corazón!-
Este fue otro extraño día en la vida de Dionisio, al parecer el último hombre fiel de San Serafín de la Loma.
Cuando romper las reglas es lo mas común, aquel que las respeta parece ser la oveja negra
Historia corta y dibujo