El canto de Casta

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Con el canto de la luna aprendí a amarte,
sin tocar las estrellas, solo con escucharte.

Más furtivo en una noche fría
dejaste helada toda el alma mía.

Ya no hay lágrimas, tan solo queda el bosquejo
y este reboso que me huele a viejo...


Casta cayó de rodillas, el llanto cubrió su blanco rostro que poco a poco se seco en una bruma de olvido. El amor de su vida había huido con su hermana menor mientras ella se debatía entre el coraje y la resignación.

Los días pasaron, luego algunos meses y luego un par de años. Se oían rumores de que Anacleto y Ligeria se habían establecido en Tequetetán, dónde atendían una fonda, Tenían un pequeño, al que habían llamado Hipólito y al parecer la ahora señora Alegría, estaba esperando el segundo hijo.

Casta rezaba a diario el rosario pero aún la resignación no había llegado a su corazón. Un día decidió hacer sus maletas y se fue a vivir a Xilitla dónde pasó cinco años ayudando en la iglesia y cociendo ropa ajena. Hasta que un frío día de noviembre tomo una decisión...


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Historia corta y fotografía

saulos@saulos

El canto de Casta | Ecency