Un horrible trueno le ha sorprendido en mitad de un bostezo. Le ha erizado la piel. Perdió el equilibrio y casi pudo caer.
—¡Hestia, aléjate de la ventana! —grita Cristian, el mayordomo, desde la puerta de la habitación.
Iba cargados de platos, por lo que dedujo que estaban por servir el almuerzo. El menú de los domingos siempre es el mismo: carne guisada con papa y arroz. No es que lo rechace, pues la sazón en casa es buena, pero ella prefiere el pescado o las codornices, aunque sin esa salsa de champiñones ni el toque picante.
Las risas son cada vez más altas en el salón, pero Hestia no se acercó a comer con ellos. Se ha quedado en la ventana mirando al parque, mientras juega con su pelo. La lluvia ha mermado y sobre las aceras, hombres y mujeres reaparecen, desfilan ocultos bajo sus paraguas. Ya hasta las primeras aves trinan sobre las ramas de los sauces. El sol extiende unos rayos tímidos sobre las nubes espumosas, pero Hestia ignora ese detalle. Le interesan otras cosas. La puerta de la habitación se cierra a su espalda y, a los pocos segundos, siente la caricia de una mano sobre su cabeza.
—Parece que dejará de llover, por fin —dice Ninfa, la hermana menor— ¿Por qué no has ido a comer?… ¿Quieres ir al parque, Hestia? —pregunta.
Hestia la ve de reojo. A veces piensa que Ninfa puede leer su mente. Entonces le maúlla en afirmativo y la pequeña humana la toma entre sus brazos. La siamés ronronea bajo su cuello en agradecimiento.