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La luz se fue. Todas las calles estaban a oscuras.
No era la primera vez que acontecía un apagón en la ciudad; de hecho, la gente siempre estaba preparada para este tipo de eventos, dado que suelen sacar sus sillas a la calle con todo y sus linternas. Pero Nadia percibió el aire enrarecido apenas salió a la calle con su linterna para cerrar con seguro la reja.
No sabía explicarse la razón de tan repentina sensación. Intentó ignorarla, atribuyéndolo al nerviosismo usual ante la oleada de crímenes que azotaba al país entero, mas no le fue posible. Su instinto, ese fiel amigo que siempre la acompañó desde la infancia, le gritaba que se refugiara en su casa, que encendiera una vela y rezara.
Miró la pantalla de su teléfono. La señal estaba ausente; no había manera de comunicarse con sus familiares y sus amigos.
Acechó por la ventana. Algunos de sus vecinos subían a sus autos para marcharse a otro lado; pensó que quizás se irían a las poblaciones cercanas en busca de un lugar para dormir.
Unos gritos la sobresaltaron. Tomando a su perro Pucky entre sus brazos, salió corriendo a ver qué había sucedido.
Se acercó a uno de los vecinos que había salido con su linterna y le preguntó qué había sucedido. Nadie le supo decir. Nadie sabía nada.
De repente se escucharon pasos presurosos y gritos de advertencia. “¡Entren a sus casas! ¡Entren y cierren todo! ¡Ellos vienen! ¡Ellos vienen!”, decían algunos que se acercaban a los vecinos, pálidos como la nieve.
“¡¿Quiénes vienen?!”, exclamó un vecino, sin recibir respuesta más que la sola advertencia de esconderse en sus casas.
Nadia no dudó en hacerles caso. Corrió hacia su casa y cerró todo con llave. Encendió una veladora en su habitación, en donde se refugió con Pucky entre sus brazos. El animal estaba temblando de miedo; parecía que él mismo percibiera que algo terrible estaba por llegar. Y Nadia, sintiendo ese temblor, comprendió de inmediato que su instinto no estaba equivocado.
Pasaron las horas. Nadie estaba ya en la calle. Algunos tomaron a sus familias y se marcharon en sus vehículos a toda prisa. Otros optaron por quedarse en su casa, rezando con que nada sucediera.
Los gritos de horror se multiplicaban cada vez más toda vez que los autos chocaban unos contra otros. Desde la ventana de su habitación, la cual se encontraba a oscuras, Nadia observaba cómo corrían algunos de los que pasaban por el rumbo, mirando constantemente hacia atrás. Sus alaridos eran tales que helaban la sangre a cualquiera que los escuchara.
Nadia no supo en qué momento se durmió. Y quizás era mejor así, sin conocer más aquella noche horrorosa.
Al llegar el amanecer, Nadia se despertó con el ladrido de Pucky, el cual estaba moviendo su cola del puro nerviosismo. Tomando al pequeño animal entre sus brazos, acechó por la ventana. Algunos vecinos salieron con palos y cuchillos, ante la expectativa de encontrarse con algo terrible afuera. Nadia se unió a ellos un par de minutos después.
Caminaron dos cuadras, en dirección al parque. La escena que presenciaron al llegar al parque era dantesca: sangre y miembros regados por todos lados. Algunos se persignaron, otros se desmayaron y otros más marcaron a la policía.
Nadia sintió un escalofrío mientras se acercaba a uno de los cadáveres para estudiarlo de cerca. Ella era antropóloga forense recién graduada y tenía una hermana trabajando como médica forense en la Policía. Puntualizando las marcas de mordeduras, rasguños y coyunturas rotas, dijo: "Esto no lo ha hecho un animal común. Ni siquiera lo ha hecho un ser humano".