Enamorado

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(Image by Freepik)

Heriberto Bolaños tenía setenta y nueve años cumplidos cuando se enamoró nuevamente. Qué difícil resulta el cortejo en eras modernas cuando las serenatas y las flores son formas rancias de amor. En la inmediatez de la tecnología, en la rudeza de las canciones y la premura del tiempo, no hay cabida para el viejo rito del enamoramiento; no hay espacio para las cartas escritas a mano, bañadas de perfumes y depositadas en buzones, porque ahora todo sucede en la efimeridad de lo inmediato. El amor no llega a madurar conforme a los días sino apresurado por las fotografías y los likes que dejan otros en las ventanas de las redes sociales donde el juicio al amor está servido.

Pero Heriberto no domina el arte del instagram, del facebook, ni del viejo tuiter; desconoce que es un posteo, un meme o un mensaje de Whatsapp. Telegram y Snapchat le parecen palabras sacadas de un libro de Asimov. Lo que sí sabe es que se ha perdido el valor de la espera por una respuesta escrita, disfrutando la caligrafía florentina que habla de la disposición del ser amado para elegir cada palabra; sabe que los paseos por parques y los silencios usados para visualizar a los ojos enamorados, se han invisibilizado por Lives que roban la privacidad y convierten en un panel público a esos momentos que debieron ser únicos… Sin embargo, Heriberto, apoyado en sus viejos trucos, se ha decidido a caminar al encuentro del amor.

Se levantó de la cama con la idea clara en su senil cerebro. Tomó su estilográfica y hojas de papel y se ha dispuesto a redactar, a lo Sabines, cartas para entregarle a su amor. Varías hojas ha dejado a un lado y en el cesto porque las palabras no le parecían acordes, ni expresaban su sentir. Concluída esa faena, se ha preparado un desayuno y se han dispuesto a arreglarse la lana que tiene por cabello y la barba. El pulso aún no le abandona y la navaja roza la piel sin hacerle daño. Perfumado y en traje de lino, con la leontina del reloj en el bolsillo, junto a la carta, ha salido de casa. Huele a colonia fresca y siente en su pecho la algarabía de la juventud haciendo ebullición… ¡Ah, el amor!...

Siente que camina más rápido, Heriberto, y que los anteojos no los necesita; sus rodillas no duelen, no rechinan ni se doblan, fuertes como el acero lo llevan a su destino. Tarareando un lindo bolero, ha recorrido las calles y se ha detenido en la esquina, en la Casa de las Flores, para comprar un presente. Ha elegido de entre todas las flores presentes, una docena de lirios fragantes y ha pedido que se los envuelvan en papel celofán. Conforme con la entrega, se ha despedido con una ligera reverencia, levantando para ella su sombrero.

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(Image by prostooleh on Freepik)

Así ha llegado a la parada del autobús: un caballero de antaño, salido de nadie sabe dónde. Todos los que lo ven se vuelven y comentan. A pesar de su vejez, y de la curva de su columna, lo envuelve un aura mística que lo hace distinto a todos. Hay en él una simpatía que contagia el alma de los otros pasajeros que, en pie, sumidos en sus tragedias de Match y Doble check vislumbra algo verdadero, genuino... Todos los presentes lo están mirando sin llegar a comprender qué los hacía prendarse de la figura de un anciano con flores en la mano…

Cuando Don Heriberto abordó el taxi que lo llevaría al encuentro de su amor, unos postearon cosas sobre lo que acababan de ver; otros hicieron memes con las rápidas fotos que le tomaron a escondidas, y algunos, muy pocos, alcanzaron a rozar un destello de felicidad que olvidaron al llegar a casa… pero nadie fue consciente de lo cerca que estaban de extinguirse devorados por el código binario.

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