Julio Cortázar es, sin duda, un arquitecto de lo fantástico. Su sutileza, su ambigüedad característica y ese juego textual que desafía la realidad son sellos inconfundibles de su narrativa. Sin embargo, no todo lo que escribe un genio tiene por qué conectar con cada lector. A veces, la genialidad se pierde en la ejecución o simplemente no resuena.
Hoy me atrevo a explorar tres de sus relatos que, para mí, se quedaron a medio camino.
▎Cefalea: La promesa diluida
Cefalea comienza con un inicio fascinante y una atmósfera opresiva que atrapa de inmediato. Sin embargo, conforme avanza, el relato parece perder el norte. La trama sobre los cuidadores del jardín y la dinámica compleja entre ellos se siente excesivamente técnica y, por momentos, dispersa. Lo que prometía ser una exploración psicológica aguda termina diluyéndose en una narrativa que se siente más como una tarea de mantenimiento que como una historia envolvente.
▎La puerta del cielo: Una cortina de humo
Este cuento presentaba una premisa potente: un aparente triángulo amoroso, roto drásticamente por la muerte de la chica, y las repercusiones de este vacío en los dos hombres restantes. Es el terreno perfecto para la ambigüedad cortazariana. No obstante, al final, la profundidad emocional se siente ausente. Lo que prometía ser un estudio profundo sobre la pérdida se convierte, a mi parecer, en una especie de pantalla de humo; una historia sobre el duelo que, lamentablemente, se vuelve tediosa y carente de ese "algo" que te mantiene pasando la página.
▎El Perseguidor: La decepción del jazz
Para muchos críticos y devotos de Cortázar, El Perseguidor es su obra cumbre. Para mí, es, francamente, la más aburrida. La historia narra la vida de Johnny Carter, un saxofonista de jazz atormentado, y poco más. Son decenas de páginas dedicadas a desmenuzar sus aciertos, sus vicios y sus constantes desaciertos. Entiendo que, para un melómano o un conocedor del género musical, este relato pueda ser una obra maestra de la introspección. Pero, para el lector promedio, se siente como una biografía densa y agotadora que carece de la chispa lúdica que suele definir la prosa de Julio. A veces, la admiración técnica no basta para salvar una historia de la monotonía.
Reconocer que un autor de la talla de Julio Cortázar puede no resonar con nosotros en ciertos momentos no le resta ni un ápice de su genialidad. La literatura es, en última instancia, un acto profundamente personal; un encuentro entre la mente del escritor y el momento vital del lector. Aunque estos tres relatos no lograron cautivarme, sigo admirando la destreza técnica, la sutileza y ese inconfundible juego con las reglas de la realidad que definen su obra.
A veces, simplemente no es el cuento, somos nosotros quienes no estamos en sintonía con la frecuencia del autor. Y eso, lejos de ser un fracaso, es parte de la aventura de leer: descubrir qué nos mueve, qué nos aburre y qué nos transforma. ¿A ti te ha pasado lo mismo con algún clásico de Cortázar, o crees que me perdí de algo esencial en estos relatos? La conversación queda abierta.