"El Jefferson bendito.”

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Inspirado en este billete de dos dólares que ví recientemente...

En el corazón del Cerro vivía Pucho un hombre de 72 años, zapatero de los de toda la vida. Cada mañana, abría su taller de puertas color azul clarito mezclado con el propio color de la madera vieja y acomodaba sus herramientas , se ponía a cantar canciones de la década mientras cocía algunos zapatos. Una tarde ,barriendo las hojas secas frente al portal mientras conversaba con su nieta Marian algo llamó su atención entre el polvo y los papeles: un billete… ¡pero no cualquiera! Era de dos dólares americanos, recién planchado por el viento, y en óptimas condiciones.

Pucho se quedó mirándolo largo rato como quien va a un museo y mira una obra de Amelia Peláez. En Cuba, un billete así no se ve todos los días ( aunque ya no se ve ninguno ) Pensó que era falso y por alguna extraña razón creía que en cualquier momento aparecería el dueño de esa riqueza caída literalmente del cielo. Al cambio eran unos 800 pesos y Pucho no había tenido muchos clientes durante un tiempo así que pensó en venderlos. Pero al tocarlo y verlo bien, notó la cara de Thomas Jefferson y esa pintura curiosa al reverso. Se acordó entonces de lo que su abuelo Celestino decía: “Si encuentras algo raro y no sabes si botarlo… guárdalo, que puede ser tu suerte.” Y sí que estaba claro Celestino...

Esa tarde, todo fue distinto. El taller tuvo más clientes que nunca, uno de ellos incluso le pagó con un café recién colado "La llave" que le había traído su hija de afuera y un pedazo de pan suave. Al día siguiente, una vecina le regaló unos mangos riquísimos que había traído de Camagüey. Y en la semana, le llegó una carta: su hijo en Miami le había mandado un paquete con medicinas, vitaminas y hasta un perfume “pa’ que huela rico".

Cada vez que algo bueno pasaba, Pucho sacaba el billete de su cajita metálica y lo miraba con alegría y agradecimiento. Nunca lo gastó, ni lo cambió. Le puso un nombre: “el Jefferson bendito.”

Hasta hoy, se dice que si pasas por su taller y le preguntas por el billete, Pucho sonríe, te lo muestra brevemente, y te dice:
“Este billete no vale tanto por lo que compra, sino por lo que atrae"

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